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Antisísmico


Por Jaime Dávalos

El 25 de agosto de 1945, a las once de la noche, la ciudad de Salta pegó un corcovo. La tierra hasta entonces tan segara, tembló como atacada de súbito paludismo y con un ruido infernal soltó unos sacudones como mula que le cosquillean los arneses.

¡Qué julepe! Ese sí que es miedo. Un miedo atávico que paraliza los nervios, mientras las ondas del aire en los tímpanos y la piel, nos golpean con presiones distintas y un ruido geológico, entrañable, nos sacude.

Y las voces de las gentes; los aullidos de los perros; las grietas, abriéndose como rayos sigilosos, en los muros; las lámparas vacilantes, en fin, el desquicio del mundo, de las cosas que pierden su pasividad, su equilibrio; la seriedad que les asignábamos nosotros desde siempre. Hay que estar en un remezón y recién se da cuenta uno de la poca cosa que es, del hilito inefable del cual pende nuestra vida; y de lo que es fruncir el entrecejo.

Mis hermanos andaban en la calle; en casa estaba mi madre y mi viejo, solos. Yo vivía en otra casa ya. Pero no pasó más de una hora, para que estuviéramos todos visitándolo a Don Sanca. Con el julepe nadie pensaba en dormir: ¿Y si se repetía…? Por lo menos queríamos morir juntos. Por ese entonces andaba Falú con el poeta Boris Elkin de visita en Salta y se llegaron a verlo a mi tata. El viejo se había ubicado en el fondo, bajo la morera; tenía fuego prendido y estaba envuelto en sus ponchos. A medida que llegábamos, nos invitaba para componer el corazón, un trago de vino de una damajuana que tenía a mano, un tinto de Animaná de los que Juan José Coll le obsequiaba para hacer transfusiones. Antes de media noche estábamos todos los amigos juntos, rodeándolo a Don Sanca, que entre versos de Omar Kayam y Lee Po, nos adoctrinaba con aquel jugo de sol que, levantando el ánimo, nos hizo entrar en calor. Cada cual, saliéndose de la vaina, empezó a contar su historia, su versión de aquel sismo que pudo ser el último.

-Vengan changuitos, arrímense. ¡Vení Eduardo, sentatel ¡Venga amigo! (A Boris Elkin que apenas cabía por la puerta enana que comunicaba el fondo con el resto de la casa). Sientensé y beban… beban contratos de que estemos juntos aún… ¡Y nada de temores! ¡Aquí, en esta damajuana, está el más poderoso antisísmico! Y se mandó a pecho un buen trago.

Fuente: Columna “El Patio de Jaime Dávalos” para la Revista Folklore Argentino Nº 8 (Agosto de 1966)


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