En “Los horizontes más vastos del mundo” se recogen los textos que un Claude Lévi-Strauss harto de la vida académica escribió durante su estadía en Brasil en la década del 30: sus primeros descubrimientos del territorio y los pobladores que lo llevarían a la antropología. Publica Fondo de Cultura Económica
Por Claude Lévi-Strauss
Este testimonio no contiene ninguna revelación sobre la naturaleza de Brasil. Sería desplazado para un extranjero pretender develar un país a los ojos de sus propios habitantes, pero la manifestación de un entusiasmo siempre tiene su derecho de ciudadanía. Para aquellos cuya mirada está ya hace tiempo acostumbrada a este prodigioso paisaje, la admiración que sienten los recién llegados les ofrecerá tal vez una razón más para amarlo y seguirle siendo fiel. Si el turista se complace en la enumeración de todos los detalles que lo han impresionado, no pretende, sin embargo, saberlo todo, busca más bien dar muestras de su agradecimiento.
Lo que le sorprende primero al europeo cuando contempla América del Sur es su enormidad. Cuando, a las cuatro de la mañana, el pasajero, que permaneció toda la noche atento a las apariciones intermitentes de las luces sobre la costa, se apresura para alcanzar la proa y ve las primeras luces del alba, una cordillera inmensa se descubre ante él. Inmensa, no ciertamente por su altura, sino porque se desplegará, idéntica a sí misma, durante todo el día, sin que sea posible distinguir un principio o una interrupción en el encadenamiento de sus cimas. Y a varios cientos de metros, esas montañas levantan sus paredes relucientes de piedra pulida, sus formas provocadoras y locas, como solo se observa en las minúsculas irregularidades producidas por el desprendimiento de un castillo de arena abandonado por un niño.
De manera más directa todavía que para la vista, la bahía de Río de Janeiro vuelve sensibles sus dimensiones prodigiosas: la lentitud del barco, sus maniobras variadas y precisas para evitar las rocas, la frescura repentina, y el perfume que desciende de las selvas aferradas a los cerros, establecen una suerte de contacto físico con esas flores y esas rocas, que no existen todavía independientemente, sino que preforman ya para el viajero los primeros contornos de un continente. En efecto, el continente impone su formidable realidad individual. Esta está hecha de todas las presencias que animan, en el crepúsculo, el horizonte nebuloso de la bahía. Para el recién llegado, esos movimientos, esas formas, esas luces, no indican provincias, chozas o ciudades; no representan selvas, praderas, valles y paisajes; no traducen los desplazamientos y los trabajos de individuos que se ignoran los unos a los otros, cada uno encerrado en el horizonte de su familia y de su quehacer. Lo que lo rodea por todas partes y lo aplasta no es la diversidad inagotable de los seres: es el Nuevo Mundo.
Primeras impresiones, falsas sin dudas. El viajero se dispondrá muy rápido a reconocer y a amar a los hombres que pueblan estas tierras, a comprender y a apreciar los esfuerzos que le dan una forma inteligible y un significado humano. Europa, también en sus regiones más grandiosas, le sugiere a veces al visitante, por breves instantes, esta presencia total. ¿Tendrá así la misma fuerza persuasiva que los horizontes americanos?

Ahora bien, al igual que el sentimiento de inconmensurabilidad que la costa brasileña le impone a quien viene de los países europeos, el interior de Brasil se lo ofrece de la misma manera a quien deja el litoral. Así como la Bahía de Río parece colosal comparada a nuestras bahías de Bretaña o de Provenza, esta misma bahía adquiere un carácter casi humano, si se la compara con la meseta que domina, al este, la región de Cuiabá. Nada, sin embargo, dejaba presentir su existencia: Cuiabá tiene el precioso encanto de una joya antigua.
Cuando el pesado camión toma la ruta, sobre las cumbres de las innumerables colinas verdosas entre las que la ciudad ha tejido sus jardines, uno se lleva consigo el recuerdo de una ciudad sonriente, con casas pintadas de colores vivos, con pequeñas iglesias blancas y rosas, decoradas con estuco de la base al campanario; se ven también sus calles tranquilas, pavimentadas con cantos rodados, sus plazas floridas, sus caminos bordeados de mangos podados de forma de pelota y de palmeras imperiales. Los primeros kilómetros conservan ese aspecto de equilibrio y de encanto del paisaje. Los árboles, plantados aquí y allá, sobre las laderas de pasturas, dan la impresión de constituir verdaderos vergeles. Cada cinco o diez metros, el lejano paso del hombre es evocado por excavaciones hechas a las apuradas en el suelo y en las terrazas abandonadas hace más de tres siglos. A los portugueses les bastaba con dar algunos palazos para recoger allí, casi en medio de las piedras, pesadas pepitas de oro; todavía hoy los jardineros de Cuiabá suelen encontrarse, mientras cultivan sus verduras, preciosas muestras. Todo contribuye a ofrecerle a ese paisaje que descubrimos una atmósfera familiar. Lo que señala con más evidencia la ausencia del hombre es precisamente lo que al europeo le da la impresión de un parque construido por un hábil arquitecto. Cuando el ciervo no huye con el paso de un camión por la ruta, cuando los cariamas de patas rojas y los grandes avestruces apuran apenas el paso a la espera del ruido del motor, ¿Cómo no pensar que el guardia que los capturó está lejos?
Sin embargo, ya se percibe, del lado del sol creciente, el jalón final de ese paraíso perdido. Desde que el camión, saliendo de Cuiabá, ha andado algunos metros -después de haber escalado unos metros, haber superado fosas y cruzado capoeiras-, el horizonte deja aparecer una línea sostenida y rosada, brillante y demasiado fina para ser confundida con las luces de la aurora. Durante largo tiempo, sin embargo, dudamos de su naturaleza y de su realidad. Pero después de tres o cuatro horas de ruta, en lo alto de una ladera rocosa, el ojo abraza un horizonte más vasto y que obliga a la evidencia: del norte al sur, una pared roja, vertical, perfectamente abrupta, se levanta a 200 0 300 metros de altura. Hacia el norte, se inclina lentamente hasta confundirse con la meseta. Pero del lado del sur, por donde se da nuestro acercamiento, es posible estudiar mejor su aparente uniformidad. Ese muro, que hace un rato parecía sin defectos, esconde chimeneas estrechas, picos sueltos en el frente, balcones y plataformas. Estas fortificaciones de piedra ocultan reductos y desfiladeros. Cuando se llega al primer contrafuerte, se miden las dificultades y las complicaciones que esa rampa de piedra casi natural, apenas corregida por el hombre, le opondrá al camión, al que le llevará dos horas superar.
Sin embargo, las mesetas reservan un espectáculo todavía más grandioso. En la cima de la muralla, se abre otro mundo. Durante algunos kilómetros, se sigue viendo, bien abajo, la región que acabamos de recorrer. Después, durante varios cientos de kilómetros, aparece la meseta.
Algunos amigos me han descripto las estepas rusas y las planicies de Estados Unidos y Canadá. Pero dudo de que uno de esos famosos paisajes provoque una impresión de grandeza, tan conmovedora como la causada por la meseta, que recorremos durante dos días, desde el amanecer hasta el atardecer. Casi no hay vegetación. Sobre esa meseta desolada, expuesta a las ráfagas de viento durante la mitad del año, los árboles se achicaron y se desarrollaron en formas nudosas. Ningún animal a la vista. Solo el temblor de la hierba traiciona la presencia de cualquier presa. El suelo es tan plano y unido, las laderas tan débiles que es posible discernir y escrutar, de lejos, los kilómetros que se atravesarán durante horas. Y, detrás del camión, la ruta recorrida permanecerá durante mucho tiempo presente en nuestra memoria. Las tierras más lejanas son, en este punto, uniformes y tan desprovistas de accidentes que, bien alto en el cielo, creemos ver nubes que no son, en realidad, nada más que horizontes alejados. Este paisaje es demasiado fantástico para parecer monótono. De un tiempo a otro, el camión vadea por cursos de agua, sin orillas, que inundan la meseta, como si ese terreno -uno de los más antiguos del mundo- hubiese quedado demasiado joven para que el tiempo haya podido fijar allí límites y contornos definidos.
Las regiones europeas ofrecen formas precisas bajo una luz difusa. Aquí, los roles del cielo y de la Tierra se han invertido. Encima del verde lechoso de los campos, las nubes edifican, sin respiro, las construcciones más extravagantes. El cielo es la región de las formas y de los volúmenes: la Tierra conserva la blandura de las primeras eras. ¿Esos indígenas que viven todavía en el centro de la meseta no son por casualidad los últimos sobrevivientes de una era fabulosa? Cubiertos de plumas brillantes de los pájaros de la selva, pintados de rojo vivo desde los pies hasta la punta del pelo, con el cuerpo vestido con el plumón blanco de los araras, evocan, para quien ignora su leyenda y miserable extinción, los idilios del siglo XVIII. Y lo que más sorprende es encontrarse frente a frente con el Papageno de La flauta mágica, en un decorado de una tan imponente y tan austera grandeza, de una soledad tan conmovedora.
Fuente: Página 12