Un 6 de noviembre se izaba el pabellón nacional en las islas Malvinas. El responsable es David Jewett, un corsario al servicio del gobierno que debió enfrentarse a motines, enfermedades y un sinfín de adversidades que lo obligaron a pedir el relevo
Por Adrián PignatelliNadie conocía a ese norteamericano de 43 años que en junio de 1815 atracó frente a Buenos Aires con el bergantín True Blooded Yanquee, de 20 piezas de artillería, que aseguraba era de su propiedad y cuya tripulación era la más veterana que se podía encontrar entonces.
Recibió la orden de hostigar a buques españoles. Y así se sumó al significativo número de corsarios que había cerrado trato con el gobierno patriota para hacerles la vida imposible a los mercantes españoles y obtener beneficios económicos.

El 30 de junio de 1815 zarpó hacia el norte, pasó por Brasil, donde sería apresado pero liberado gracias a las gestiones del cónsul norteamericano de ese país. En su derrotero por el Atlántico norte y el Caribe capturó barcos con importantes cargas. Regresó a Buenos Aires los primeros días de septiembre y en el interín tuvo la habilidad necesaria para contrarrestar un motín de su tripulación. No sería el único y en parte obedecían a una reacción a su carácter autoritario e irascible.
El 15 de enero de 1820 fue convocado nuevamente por el gobierno. Con el grado de coronel de la marina zarpó del puerto de Buenos Aires al mando de la fragata “La Heroína”, armada con 30 cañones.

Se reaprovisionaron en Cabo Verde y capturaron a la corbeta portuguesa “Carlota”, a la que habían perseguido durante un día y que fue tomada como buque auxiliar. Tuvo que sofocar un motín y ordenó ajusticiar al cabecilla. Mientras el norteamericano se quejaba de la falta de carácter de la tripulación, el desánimo de los marineros se acentuó con el número creciente de enfermos víctimas del escorbuto.
Un temporal separó a las dos naves, y en la que habían capturado donde iban los enfermos, se perdió para siempre. Se ignora si se hundió o si la tripulación decidió buscar nuevos destinos.
En ese ambiente, llegó a las islas Malvinas al atardecer del 27 de octubre. Echó anclas en la Bahía de la Anunciación, a seis millas de Puerto Soledad. Tenía a disposición solo diez tripulantes en condiciones de ocuparse del buque y de atender a los moribundos.

Lo primero con lo que se encontró fue más de cincuenta buques, la mayoría británicos y norteamericanos, que se dedicaban a depredar la fauna local, especialmente focas, lobos marinos, ballenas y aún el ganado que habían llevado los españoles. Se calculó que un buque mataba alrededor de un millar de focas en una semana.
Al día siguiente, en un bote alcanzó la costa, en procura de carne fresca y legumbres. El panorama en tierra era desolador. Desde 1811 no había población estable en las islas y los pocos ranchos abandonados eran inhabitables. Jewett ordenó usar telas de las velas para armar carpas y alojar a las decenas de enfermos que traía a bordo. Esas telas rápidamente se despedazaron por los fuertes vientos.
Jewett escribió una comunicación que hizo distribuir a los capitanes de los barcos allí apostados: “Tengo el honor de informar a usted de mi llegada a este puerto, comisionado por el Superior Gobierno de las Provincias Unidas de la América del Sud, para tomar posesión de estas islas en nombre del país que naturalmente pertenecen. Al desempeñar este deber deseo obrar con la mayor deferencia y equidad hacia todos los pabellones amigos. Uno de los objetos principales es evitar esa abusiva destrucción de los recursos tan útiles para aquellos, cuyas necesidades los compelen o convidan a visitar estas islas y auxiliar a los que deseen abastecerse a poca costa. Como su objeto no es contravenir estas disposiciones y como creo que puede resultarnos alguna ventaja de una entrevista personal, invito a usted a que venga a bordo de mi buque, donde podré alojarlo todo el tiempo que usted quiera. Suplico a usted que haga saber esto a los otros súbditos británicos que se hallen en estos parajes”.

James Weddell, muy lejos de su Bélgica natal, estaba enfocado en la reparación de su bergantín “Jane” y así seguir rumbo hacia el sur, hacia los hielos antárticos. Estaba anclado al norte de Puerto Soledad en las Islas Malvinas cuando recibió una comunicación y una invitación firmada por Jewett.
El 3 de noviembre Weddell caminó seis o siete millas para visitarlo. Durmió en “La Heroína”, tomando sus precauciones: lo hizo vestido y con las armas a su alcance. Según dejaría escrito, el proyecto de Jewett era el de convocar colonos y hacer traer materiales de construcción y enseres para armar un poblado formal en las islas. A Weddell le impresionó el estado de la tripulación de Jewett, maltratados por el escorbuto.
Jewett preparó la ceremonia para el lunes 6 de noviembre. Había hecho emplazar un mástil e invitó a los capitanes de los barcos. Con los pocos hombres sanos con los que contaba, armó una suerte de desfile. Se marchó al son de un tambor y de un pífano. En ese ambiente, se izó por primera vez la bandera argentina en las Islas Malvinas.
Los extranjeros, entre recelosos y temerosos -algunos creían que terminarían siendo víctimas de los hombres de Jewett- presenciaron como desde “La Heroína” se disparaban los 21 cañonazos de rigor que la ceremonia imponía, luego de que Jewett leyera una proclama.
Los problemas no habían terminado. Debió enfrentar otro motín mientras más hombres enfermaban. Algunos fueron embarcados en un lobero inglés y remitidos a Buenos Aires. En el buque Rampart, comandado por el teniente de presa Cristóbal Carnelia, despachó su pedido al gobierno de ser relevado de sus funciones. “Desearía fuese más afortunado en otra empresa”, escribió Jewett.
En febrero de 1821 se aceptó su solicitud y el 23 de abril de ese año Jewett le pasó el mando al coronel Guillermo Mason, quien llegó a las islas con hombres, víveres y medicamentos.
Weddell, en su viaje al sur en su afán de cazar focas y lobos, alcanzaría el record en 1823 en navegar tres grados más al sur del que lo había hecho el capitán Cook. Por su parte, la vida de Jewett seguiría por otros carriles y se radicaría en Brasil, donde falleció en 1842. No se imaginaría que 200 años después una estampilla recordaría el acto del 6 de noviembre de 1820 cuando, en medio de motines, ejecuciones y enfermedades, izaba por primera vez el pabellón nacional en las islas Malvinas.