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Elsa Bornemann, la escritora que les hablaba a los chicos


Mucho antes de que un libro de literatura infantil como la saga de Harry Potter llegara a convertirse en un suceso editorial internacional, en Iberoamérica, Elsa Bornemann alcanzaba cifras de venta sin precedentes en el género. Muchos niños, nacidos en los años setenta, se iniciaron en la lectura a través de sus libros. Es una de las escritoras más difundidas en el campo de la literatura infantil y juvenil argentina.

Gran parte de sus obras se transformaron en long sellers que se vienen publicando interrumpidamente desde hace más de cuatro décadas. Solamente en la Argentina lleva dos millones de ejemplares vendidos, lo que muestra que la fidelidad construida entre ella y su público perdura y se renueva de generación en generación. Esta escritora encabezó un fenómeno inédito que en nuestro continente posiblemente solo pueda equiparse a la notoriedad lograda por autores como María Elena Walsh. Desde hace más de diez años Bornemann —junto con Walsh— integra la selecta lista de escritores que representa Guillermo Schavelzon, uno de los agentes literarios más importantes en lengua española. El impacto de su producción literaria ayudó a instaurar debates y rupturas culturales que le dieron un gran impulso a la literatura destinada a la infancia en la región.

Una escritora precoz

Elsa nació el 20 de febrero de 1952, en el barrio de Parque de los Patricios, en la ciudad de Buenos Aires. Hija de Blanca Nieves Fernández —nombre sin duda premonitorio—, una argentina descendiente de portugueses y españoles, y de Wilhelm Karl Henri Bornemann, un alemán, de profesión relojero, experto en relojes de torres y campanarios. Era la más pequeña de tres hermanas: Hilda, Margarita y Elsy, como la conocían los íntimos. La lectura fue fundamental en su infancia. «En mi casa podían faltar muchas cosas, pero libros, no», confesó en una entrevista. «Mamá y papá leían mucho. Mi mamá tenía los libros que no se podían leer forrados de blanco y, cada vez que me quedaba sola, me iba corriendo a buscar uno de los blancos. Así leí el libro El matrimonio perfecto; Ana Karenina», contó la autora en otro extenso reportaje.

En la Escuela Normal Superior N.° 11 Dr. Ricardo Levene, muy cerca de la Maternidad Sardá, donde había nacido, se recibió de maestra. Más tarde egresó de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) con el título de profesora en Letras. Desde muy temprana edad supo que quería ser escritora. No bien empezó a cursar estudios universitarios —la literatura infantil y juvenil como un campo cultural y los libros para niños como bienes de consumo eran incipientes, marginales y menospreciados—, tuvo claro que el destinatario de sus creaciones literarias serían los chicos, esos «lectorcitos» o «amorcitos», como ella solía llamarlos en sus característicos prólogos. Ella fundó una manera muy estrecha de acercarse a sus lectores.

A los dieciocho años publicó Tinke-tinke, su primer libro de poemas o versicuentos, según su propia denominación. Este poemario lo había escrito a los 14 o 15 años. La conocida periodista Paloma Efrom (Blackie) elogió en su programa radial con tanto entusiasmo a la novel y joven escritora que enseguida se agotó la primera edición del libro. Un año más tarde, en 1971, publicó El espejo distraído, otro libro de poesías para niños que en 1972 mereció la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Luego lanzó infinidad de cuentos que inmediatamente fueron bien recibidos y se volvieron clásicos dentro del repertorio de las maestras jardineras a la hora del cuento. Basta mencionar algunos títulos: «Cuento con caricia»«Cuello duro»«El cumpleaños de Lisandro»«Sobre la falda»«Una trenza tan larga…» y muchos más que seguramente están en la memoria de alumnos y docentes.

Poemas y cuentos infantiles ocupan mucho espacio

En 1975 se publicó la primera edición de Un elefante ocupa mucho espacio, una antología de cuentos incluida en 1976 en la Lista de Honor del Premio Hans Christian Andersen, elaborada por International Board on Books for Young People (IBBY), una de la más prestigiosas instituciones abocadas a promover la circulación de libros infantiles de calidad por todo el mundo. Un año después, ese libro fue prohibido en la Argentina por el gobierno de facto. El decreto 3155/1977 del Poder Ejecutivo Nacional a cargo de la Junta Militar argüía: «se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo» y que «de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone». Más adelante, finalizada la dictadura, la autora tuvo acceso, a través de la Cámara del Libro, al sumario completo en el que se recomendaba la censura de su libro. El cuento que daba título a esta antología narraba la historia de un grupo de animales que decide realizar una huelga porque se resistían a vivir encerrados dentro de un circo. En ese contexto histórico era inevitable relacionar lo que acontecía en el entorno con el contenido alegórico de lo narrado. El informe, elaborado por un grupo de escritoras argentinas, no solamente tildaba de subversivo a este relato, también se hacía un minucioso análisis de cada uno de los quince cuentos. Recién con el retorno de la democracia, en 1984, se pudo volver a publicar esta obra. Todos los relatos que componen el libro, protagonizados por personajes con algún rasgo por fuera de lo establecido, funcionan como parábolas de la libertad, de la amistad, de la solidaridad y de la justicia.

Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Col. La Lechuza. Editorial Librerías Fausto, 1975.
Cubierta de «Un elefante ocupa mucho espacio», de Elsa Bornemann, ilustrado por Ayax Barnes. Colección La Lechuza. Editorial Librerías Fausto, 1975.

Entre 1976 y 1977, Bornemann estuvo a cargo de la selección literaria y la dirección de dos antologías fundamentales para la formación literaria de las aspirantes a ejercer la docencia en el nivel inicial: Estudio y antología de la poesía infantil, que recogía 366 poemas de autores de toda Hispanoamérica, una rica selección de juegos, adivinanzas, trabalenguas y coplas de la tradición oral, acompañada con una detallada tipología de la lírica infantil; y posteriormente confeccionó Antología del cuento infantil, compuesta por 50 relatos de autores de todo el mundo, en muchos casos traducidos por la propia Bornemann.

En esa misma época, Bornemann dirigió la colección Pétalos, de la Editorial Latina, que, según ella explicaba, se proponía difundir buena poesía para chicos, aunque el autor no la hubiera escrito expresamente para ellos. Se trataba de libros en formato pequeño, que contenían una selección de diez poemas del autor, en los que había un cuidado ex profeso de la relación entre las imágenes y los textos. Para esa tarea convocó a los artistas plásticos Alba Ponce y Guido Bruveris. Entre los poetas seleccionados por Bornemann figuraban: María Elena Walsh, Fryda Schultz de Mantovani, María Hortensia Lacau, Pedro J. Vignale, Rafael Alberti, Federico García Lorca y José Sebastián Tallón.

Cubierta del libro Poemas para niños,de Federico García Lorca. Colección Pétalos. Editorial Latina, 1976.
Cubierta del libro «Poemas para niños», de Federico García Lorca, ilustrado por Guido Bruveris. Colección Pétalos. Editorial Latina, 1976.

Un elefante ocupa mucho espacio no fue el único libro escrito por ella que provocó reparos e incomodidad por parte de los adultos. Originalmente publicado en 1977, El libro de los chicos enamorados, dedicado a Gregory Peck: un ícono del cine romántico hollywoodense de los años cincuenta y sesenta, fue acusado de hablarle a los chicos del amor, de las relaciones de pareja, de la congoja y el desconsuelo, en una etapa de la vida —la infancia— en la que no estaba bien visto cederle paso a una emocionalidad sensiblera, ni estaba permitido cargar a las palabras de sensualidad. La temática del libro pretendía romper con lo que masivamente se consideraba infantil. Años más tarde, como consecuencia del éxito alcanzado, Bornemann publicaría otros títulos que abrevaban en asuntos del corazón: No somos irrompibles (12 cuentos de chicos enamorados) y Corazonadas (El libro II de los chicos enamorados), que aparecieron en 1981 y 1992 respectivamente. Y finalmente, en el año 2003, llegaría Amorcitos sub-14.

«De la larga soga
voy a colgar mi tristeza;
guirnalda del patio
que ya el viento besa.

Trapito de pena
entre medias y camisas,
mi retazo de alma
que ondeará la brisa.
[…]».

Porque no estás, «El libro de los chicos enamorados», de Elsa Bornemann, ilustrado por Paula Socolovsky. Editorial Alfaguara, 2004.

En 1981 publicó Niño envuelto, trama en la que Bornemann se metía con otro tema considerado tabú para la infancia. Andrés, su protagonista, narraba sus vivencias infantiles en primera persona, y la curiosidad acerca de su llegada al mundo tenía una marcada relevancia. Poco a poco el narrador infantil va desmontando las falaces explicaciones que le brindan los adultos sobre su nacimiento. Hasta que finalmente obtiene una bastante fiel a la realidad. En ese tiempo la educación sexual era una asignatura pendiente todavía, que avanzaba tibiamente estimulada por el estallido y el destape posdictadura.

Mil grullas —originalmente incluido dentro de la antología No somos irrompibles (1981)— narra una conmovedora historia de amor en torno a las secuelas de la bomba atómica caída en Hiroshima (Japón) el 6 de enero de 1945. Quizás en este relato Bornemann haya logrado conjugar en su punto más alto su compromiso estético y el mensaje humanista.

«Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo ya era viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra».

«Mil grullas», de Elsa Bornemann, ilustrado por María Jesús Álvarez. Editorial Alfaguara, 2011.

Narrar el terror

Restituida en nuestro país la democracia, en un escenario de gran optimismo cultural y político, el nombre de Bornemann junto al de otros destacados autores incidió enormemente para darle impulso y visibilidad a una literatura infantil y juvenil que revalorizaba a los chicos como sujetos lectores de obras literarias.

En 1988 la editorial REI le encargó que escribiera un libro de cuentos de terror para niños. Bornemann aceptó el desafío y publicó ¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo. La repercusión y la respuesta de los chicos fue inmediata. ¿Qué lector iba a poder resistirse a ese pedido de auxilio que lo interpelaba desde la seductora portada en la que aparecía en primer plano la deforme imagen de Frankenstein, con el título y el nombre de la autora en letras tenebrosamente rojas? Pronto los medios masivos se hicieron eco del fenómeno. Los diarios llenaban páginas completas con declaraciones de psicólogos, escritores, editores, pedagogos, especialistas a favor y en contra de esta clase de literatura. ¿Qué daños podía causar a los niños la lectura de los libros de miedo? ¿Cuál era el límite de lo permitido en materia de relatos macabros y siniestros? Se desataron sesudas polémicas mientras ¡Socorro! sumaba reediciones sin parar y los chicos leían con fruición los cuentos que formaban parte del libro.

Cubierta del libro ¡Socorro!, de Elsa Bornemann. Editorial REI (1988).
Cubierta del libro «¡Socorro!», de Elsa Bornemann. Editorial REI, 1988.

Bornemann se alejaba del tono alegórico, disparatado y poético de sus obras anteriores para crear relatos escalofriantes. En algunos casos se trataba de recreaciones de cuentos folclóricos y otros de su propia invención. Por entonces la preferencia de los chicos por este tipo de historias recién comenzaba a perfilarse. Y los editores, ni lerdos ni perezosos, salieron a buscar autores de renombre, respetados por el público, para expandir y replicar el bum inaugurado por Bornemann. Surgieron colecciones de libros enteras especialmente dedicadas al género, que se nutrieron con el aporte de diferentes autores, algunos de cuales exploraron variantes como ser el terror atravesado por humor.

La mayoría de las biografías de esta autora no olvidan mencionar la repudiable censura que en tiempos de dictadura recayó sobre Un elefante ocupa mucho espacio. Tampoco puede obviarse el hecho de que Elsa Bornemann, en 1991, publicó un cuento que de manera bastante evidente se refería a las víctimas del terrorismo de Estado —cuando todavía era un tema poco frecuentado en la literatura para chicos (y en la destinada a los adultos también)—. Se trataba de «Los desmaravilladores». Contaba la historia de una niña, hija de desaparecidos, a la que le restituyen su identidad y la ayudan a reencontrarse con su familia biológica.

«Decenas, cientos, miles de personas fueron como evaporadas… Miles y miles de las que sus familiares no volvieron a tener noticias ni —en muchísimos casos— a enteresarse del porqué de sus desapariciones.
Como aspirados por una perfecta máquina de volatizar. Niños y bebés también».

 

Los desmaravilladores, en «Los desmaravilladores: cuentos de amor, humor y temor», de Elsa Bornemann, ilustrado por Diego Bianchi. Editorial Alfaguara, 1991.

El modo peculiar de ficcionalizar y abordar el tema que eligió la autora tuvo admiradores que ponderaban la valentía y la innovación de este cuento, pero también tuvo detractores que cuestionaban si era adecuado contarles a los chicos una historia referida a asuntos demasiado complejos, dolorosos y de difícil comprensión. Otros criticaban el tono maniqueo y didáctico del relato, así como la versión de los hechos que Bornemann presentaba al lector infantil.

La cercanía con el lector

Elsa Bornemann fomentó y construyó siempre una fuerte empatía y conexión con sus lectores tanto a partir de la retórica de sus textos como también en el contacto personal con su público. Ese acercamiento le valió algunos cuestionamientos de la crítica. Sin embargo, esto no hizo mella entre sus seguidores. Recibía abundante correspondencia de sus lectores, cartas en las que ellos le confesaban sus más íntimos sentimientos y pensamientos. Filas interminables de niños esperaban obtener su autógrafo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Ella atendía a cada uno con respeto, paciencia y ternura, sin perder la sonrisa. En varias ocasiones llegó a quedarse después de la hora de cierre de la exposición para que ninguno de sus admiradores se fuera a casa sin su libro dedicado por ella.

«Estoy segura de que —mientras vayas leyendo los textos— verás proyectarse —en la pantalla de cine privada que es tu mente— una variada cantidad de engendros y serás espectador/a de las cosas que sucedan entre ellos, así como cuando yo los estaba escribiendo. (¿Se te presentarán bajo la misma apariencia que a mí? ¿Serán similares los escenarios sobre los que los veas moverse? ¡Qué intriga!)».

Invitación, en «Socorro Diez (libro pesadillesco)», de Elsa Bornemann. Colección Torre de papel. Grupo Editorial Norma, 1997.

Sus recurrentes apelaciones a los destinarios infantiles de sus historias; las explícitas dedicatorias; los juegos con las voces narrativas; sus prólogos y epílogos, firmados simplemente con su nombre de pila, con su nombre completo, o valiéndose de diversos heterónimos —incluyendo nombres de famosos personajes, el propio libro personificado o nombres inventados— de distintas maneras potenciaron la aparición de dos preguntas medulares para todo lector de literatura, sobre todo si son niños: ¿quién habla en un texto? y ¿cuán verosímil es un relato? Saber si lo narrado ocurrió en la realidad o es puro artificio es una curiosidad infantil muy frecuente, sobre la que Bornemann no se mostraba indiferente.

Hasta los primeros años de la última década Bornemann mantuvo una intensa agenda, visitaba escuelas y participaba en las presentaciones de sus libros. Pero ya hacía varios años que se había retirado de la vida pública. Sin embargo, sus libros continuaron propagándose y conquistando lectores.

Posiblemente con Elsa Bornemann se instala y populariza la figura del autor, la idea de que los libros para niños son productos culturales fruto del trabajo creativo de un escritor. Sus libros circularon ampliamente en la escuela, pero también encontró numerosos lectores fuera del ámbito escolar.

La fama ganada por Bornemann quizás haya eclipsado el hecho de que sus obras han sido ilustradas por grandes maestros del lápiz y el pincel: Ayax BarnesGuido BruverisJuan MarchesiCristina BruscaCarlos NineO’Kif, entre otros ilustres dibujantes. María Fernanda Maquieira, que estuvo por más de 15 años detrás de la edición de los libros de Bornemann en la Editorial Alfaguara, recordó hace unos días en un matutino, que la autora: «Siempre fue muy participativa: le gustaba ver las ilustraciones, elegir durante la edición, pero siempre con mucho respeto. Y siempre su mirada estuvo puesta en los chicos».

Elsa Bornemann recibió innumerables distinciones: Premio Alicia Moreau de Justo (1985); Premio Konex de Platino – Literatura Infantil (1994 y 2004), Pregonero de Honor (2006), etc. Muchos de sus libros fueron incluidos en listas de títulos recomendados de importantes organismos como el Banco del Libro de Venezuela, la Internationale Jugendbibliothek de Munich (Alemania), la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, entre otros.

Además de su extensa producción literaria, también escribió algunos guiones para la televisión, compuso canciones que fueron grabadas e interpretadas por diversos artistas nacionales, piezas teatrales y colaboró con varias revistas para niños.

Elsa Bornemann falleció el 24 de mayo de 2013, a los 61 años.

Fuente: Educ.ar