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Instinto pionero y republicano

Bicentenario. Natalio Botana completa con su nuevo libro una obra sobre los orígenes y el desarrollo de la Nación que luego se llamaría Argentina.

POR FABIAN BOSOER

Los hitos fundantes de nuestra nacionalidad son también procesos históricos en movimiento, que con avances, impasses y retrocesos, se siguen construyendo y se resignifican de un modo u otro. El 25 de Mayo de 1810 –primer Gobierno patrio– conduce al 9 de Julio de 1816 –Declaración de la Independencia– y de allí en más… la larga marcha hacia una Argentina que se fue forjando durante el siglo XIX en el fragor de batallas libertadoras, guerras civiles, revoluciones inconclusas y constituciones fallidas. ¿Cuánto se vincula aquel momento originario de nuestra nacionalidad, con este presente; el que nos conduce del primer bicentenario celebrado, con gran pompa oficial y fervoroso relato, hace seis años, a este, más austero, menos festivo y tal vez, también, menos alegórico y más reflexivo?

Natalio Botana, acaso la más alta eminencia académica argentina en el campo que comparten la historia, la ciencia política y el periodismo, publicó Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia (Edhasa), libro que completa una obra historiográfica mayor, iniciada hace casi cuarenta años por El orden conservador (1977) y continuada con La tradición republicana (1984) y La libertad política y su historia (1991), que nos ayuda a encontrar claves de esta relación siempre intermediada y discutida entre el pasado y el presente de la Argentina bicentenaria.

Pero hace falta aclararlo: para Botana, el fundamento de la investigación histórica no consiste en encontrar las “verdades” de un proceso ineluctable que va a desencadenarse en el presente, ni en pensar lo que podría haber ocurrido si las cosas hubieran sucedido de otro modo; es decir, haciendo uso de contrafactuales. Se trata, antes bien, de pensar “el pasado en sí”; siguiendo al historiador alemán Leopold von Ranke, adentrarse en lo que realmente ocurrió en determinado momento y en su contexto de época.

Ese es el propósito fundamental, en este caso, al ocuparse precisamente de lo que pasó en aquel Congreso que empieza a sesionar en 1816 y adquirió niveles mitológicos por la Declaración de la Independencia, pero que también contenía otros objetivos: por empezar, definir los alcances territoriales del nuevo país, conformar el Estado que allí debería edificarse y dotarlo de un régimen de gobierno y una constitución.

En El orden conservador , Botana abordó el período de la organización nacional y la República oligárquica, que va de 1880 a 1916. Luego, en La tradición republicana :Alberdi, Sarmiento y las ideas políticas de su tiempo , procuró entender el significado de un proceso constituyente exitoso –el de la Constitución votada y jurada en 1853, y definitivamente acatada por Buenos Aires y el resto de las provincias en la reforma de 1860–, que dio lugar a un intenso debate entre las ideas postuladas por Alberdi y Sarmiento. Le siguió una indagación sobre los significados de la historia del siglo XIX y los grandes debates historiográficos entre Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López acerca de cómo debía entenderse en ese momento el nacimiento de la nación, que se plasmó en La libertad política y su historia .

Así, desde la culminación de ese extenso proceso “constituyente”, que se interrumpe con el golpe de 1930, arribamos en un viaje a los orígenes de nuestra historia independiente: el año 1816 y el Congreso de las Provincias Unidas de América del Sur.

“Terminado ese periplo –explica Botana–, siempre quedó en mi conciencia esa curiosidad acerca de aquel momento que ahora llamamos ‘acontecimiento fundador’ , pero que los actores de aquel entonces no veían como tal. Ellos se encontraban en un contexto de una incertidumbre tremenda, plagado de guerras, divisiones y enfrentamientos y buscaban encauzar el impulso revolucionario a través de una constitución. Ese es el significado de los años 1816-1820”. En ese congreso, que estamos celebrando en este bicentenario del 9 de julio de 1816, los representantes de las provincias —que no eran todas, porque no estaban Santa Fe, Entre Ríos, la Banda Oriental ni Corrientes– escriben una Declaración de Independencia, que es votada unánimemente y jurada; no solo por todos ellos sino también por todos los cuerpos del ejército.

Pero ese era solo el comienzo, porque declarada la Independencia, apuntalada por la decisión de Manuel Belgrano y José de San Martín de lograr su concreción sobre el campo de batalla enfrentando a las tropas realistas, ese congreso se aboca a discutir –de mínima– un reglamento provisorio de gobierno o –de máxima– una constitución. Es en esos años que van de 1816 a 1819 cuando se condensan las ideas, imágenes, lenguajes, que buscan formular un régimen de gobierno deseable. Si convenía una república o una monarquía, una régimen federal o centralizado. El debate de aquel primer congreso constituyente que comienza en Tucumán pero se traslada al poco tiempo a Buenos Aires, tiene una riqueza extraordinaria, subraya Botana, porque confluye allí el gran torrente de ideas, que se desató en el mundo occidental, desde mediados del siglo XVIII hasta llegar a aquel momento de creación política singular en Sudamérica.

La originalidad de aquel proceso revolucionario radica en que estaba naciendo en esta parte del mundo una nueva tradición republicana. Algo que suele no tenerse presente cuando se observan las influencias de las revoluciones francesa y estadounidense. La primera culmina con la constitución de los Estados Unidos de Norteamérica y se va desarrollando de ahí en más durante más de dos siglos. La segunda, tan rica y diversa, se inicia con la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Y una tercera tradición republicana, que es la hispanoamericana, y se manifiesta en este congreso de 1816-1820 en el que habrá un debate muy fuerte entre los partidarios de la república y los de la monarquía. En este libro, Botana recoge una carta de Thomas Jefferson a Lafayette, en la que el padre de la Independencia norteamericana y un republicano por antonomasia, refiriéndose a lo que estaba sucediendo en el sur del continente, le señala al francés que “nuestros hermanos del sur” presas de “la ignorancia y el fanatismo, al igual que otras insanías”, son incapaces de autogobernarse. “Caerán bajo el despotismo militar –escribe Jefferson– y se transformarán en los instrumentos de la ambición de sus respectivos Bonapartes”. Por eso recomienda establecer un protectorado hasta tanto alcanzaran estos pueblos (los nuestros) los niveles necesarios para autogobernarse. Quiere decir que la república no era en absoluto un proyecto de fácil adquisición o exportable. Lo que sí parece muy claro es que había conciencia plena acerca de la Independencia, pero no de la forma de gobierno que debía surgir de esa independencia. El choque de opiniones en aquel debate constituyente que se plasma en la efímera Constitución de 1819 es entre quienes pretenden una monarquía constitucional y quienes buscan, precisamente, una república. Quienes quieren traducir en instituciones viables y consolidadas lo que San Martín, en otra carta que está recogida en este libro, llama ‘’instinto republicano’’. San Martín dice tener ese “instinto republicano”; sin embargo, en ese momento se orienta a que ese instinto republicano se exprese a través de formas monárquicas que acogieran en su seno la forma representativa de gobierno, el respeto por la dignidad humana y el concepto republicano de la división de poderes. Será un debate que nos acompañará bajo distintas fórmulas a lo largo de doscientos años, ya no discutiendo si es mejor una monarquía o una república para preservarnos del despotismo y la anarquía; pero sí sobre las formas y contenidos que debería tener un régimen político legítimo. Si la Argentina fue una creación del siglo XIX, la república democrática es un proyecto que continúa en construcción…

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Instinto-pionero-republicano_0_1606039392.html

 

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