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Jardín literario: El Puma

Por Polo Godoy Rojo

Van tres noches con ésta que salgo a recorrer los sembrados con el propósito de perseguir a las liebres que me los invaden y destruyen; cargo la escopeta y llevo también una linterna grande y así, encandilándolas, hago una buena cacería. Voy solo orillando los surcos; hacia ni derecha queda un bosque espeso de algarrobos, chañares y espinillos; la noche es bastante oscura y silenciosa; desde lejos me llega el rumor del río. En este momento veo saltar una liebre desde un desplayado, como a unos veinticinco metros; me ha dado la impresión de estar asustada, de venir huyendo de algo; la enfoco y queda inmóvil; hago el disparo y veo como pega un salto y cae; apago la luz y sigo avanzando, pues conozco estos cercos desde mi infancia, de manera que no me cuesta hacerlo en medio de la oscuridad reinante. Cuando calculo que he llegado, alumbro y, efectivamente, ahí estaba el animal muerto. Me inclino para levantarlo, pero al enderezarme, me llevo el susto más grande de mi vida: dos ojos enormes, de un desconocido poder magnético, se clavan en los míos y me paralizan; enfoco la linterna y descubro un animal enorme, que se ha detenido encandilado como a unos cuatro metros desde el lugar donde me encuentro. Comprendo el peligro en el que me encuentro, porque caminando distraído no he cargado la escopeta; el puma, pues se trata de un puma tan grande como jamás imaginé pudiese haberlo, enceguecido por la luz, husmea y trata de descubrir qué hay más allá de ella; mueve la cabezota a derecha e izquierda y a momentos se para sobre las patas traseras buscando eludir esa luz que lo ciega. Sosteniendo firme la linterna con una mano, intento cargar la escopeta con la otra y forcejeo inútilmente por abrirla; con el consiguiente peligro, vista la inutilidad del esfuerzo, me decido a utilizar la otra mano, pero apenas lo hago, desviada la trayectoria de la luz, la fiera avanza aproximándose peligrosamente; guiado por mi instinto retrocedo y cargo con rapidez el arma; pero cuando vuelvo a enfocar ya tengo sobre mí el puma; al tiempo que doy el salto hacia atrás hago el disparo. Ya esto Resuena el tiro por las barrancas cercanas más, comprendo enseguida que he errado; el animal continúa avanzando lentamente, pero, por suerte, al enfocarlo de nuevo, se detiene. Sintiendo como me tiembla el pulso, aprovecho esta tregua para poner otro cartucho y cerrar velozmente el arma, dispuesto a jugarme entero en el disparo, apunto cuidadosamente. Y así quedamos un momento; el puma tratando de localizarme detrás del rayo de luz que lo encandila y yo esperando poder hacerle un disparo definitivo a la paleta, oportunidad que no se me presenta todavía. Como no estoy muy lejos de “las casas”, silbo y grito a los perros, que son bravísimos y que, en muchas ocasiones, han acreditado su vaquía para empacar pumas; pero al parecer no me oyen aunque enronquezco gritando, porque ninguno aparece. Ahora, al parecer fastidiado, el animal se da vuelta y sigue por la orilla del sembrado; voy tras él, buscando ese momento que ahora ansío y sin quitarle la luz de encima. El susto tan grande del primer momento se me ha pasado y camino ahora enfurecido, sin despegarle ojo y pisada a mi enemigo. Así recorremos unos cien metros, el puma adelante, erguido, musculoso, de brillante pelaje, cimbreante la larga cola terminada en una abultada borla redonda y negra; yo, atrás, encarnizado, sudoroso, lista la escopeta para el disparo decisivo. Sin darme cuanta hemos llegado a unas hondas barrancas abiertas por las crecientes en el fondo de mis propiedades y comprendo que si deseo triunfar debo actuar de inmediato antes de que se descuelgue por ese lugar. Al darme el flanco, apunto rápidamente a la paleta y tiro pero el puma, feroz, elástico, increíblemente elástico, pega media vuelta en el aire con la agilidad de un gato y en vez de largarse por la barranca, marcha de nuevo hacia mí. Estoy muerto de miedo y empiezo a retroceder lentamente sin sacarle de encima la luz de la linterna. SÈ que no tengo tiempo para cargar de nuevo la escopeta; no podría tampoco, porque con los ojos fulgurantes que me ponen los pelos de punta, me tiene dominado, vencido Y avanza avanza lentamente, enorme, monstruoso. Una sombra me nubla el entendimiento y no veo más que dos luces poderosísimas, que me calan hasta los huesos y me hacen las señales de la muerte. Siento que me acerco más a ella y estoy frío, frío, y aplastado por esos ojos duros, terribles, que me van consumiendo poco a poco la vida y me dejan vacío. No siento nada, no soy nada, nada veo nada más que dos llamas que me han clavado a ese lugar como dos lanzas hirientes, abrasadoras. Me sacudo el polvo; me duele la cabeza y mucho, mucho la garganta. La escopeta esta caída a mi lado; también la linterna que continúa alumbrando desde el suelo. No se cómo estoy con vida; poco recuerdo; solamente se que al ver avanzar la fiera, he gritado, he gritado como un loco, desesperadamente, a la vez que la amenazaba con la escopeta descargada. Es un milagro. Vuelvo a casa; el aire fresco me reanima, pero voy haciendo girar sin descanso la luz de la linterna, porque de entre la oscuridad me parece que se me ha de aparecer de nuevo la figura imponente, soberbia, del puma que me acaba de perdonar la vida.

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