Por Gustavo Roldan
Buena vida se dio Pedro Urdemales por esas épocas. Tenía el mejor caballo, tenía polainas y alpargatas nuevas, un sombrero de ala ancha, y tenía… Bueno, había tenido, un montón de plata.
Ahora apenas le quedaban las ganas de seguir farreando y el hambre que vuelve sin que nadie la llame.
—Si tengo hambre, quiere decir que es hora de comer —pensó.
Pedro estaba sentado en un tronco, a la orilla del río, donde ya habían tomado agua y se habían bañado él y su caballo. Y claro, después del baño viene el hambre. Pero eso, por ahora, también tenía solución.
Se apartó dos pasos y, sobre la arena seca, juntó unas ramas y encendió fuego. Puso algunos palos más gruesos y se dedicó a preparar la comida mientras el fuego iba tomando fuerza.
En su vieja ollita abollada sacó un poco de agua del río, echó los últimos trozos de charqui que le quedaban, pensando “mañana será otro día”, echó su última papa y un resto de harina.
—Por el condimento no me voy a preocupar —se dijo—. Lo van a poner mis tripas, que ya están a los gritos. Al rato la ollita hervía con entusiasmo.
Pedro miró a lo lejos y vio un grupo de arrieros que se acercaba. Sin perder un segundo hizo un pozo en la arena, metió ahí todas las brasas, las tapó con un poco de arena y puso la ollita encima.
Tiró al río toda señal de fuego, tapó las cenizas y se sentó a fumar el último cigarro que le quedaba.
Cuando llegaron los arrieros, lo vieron hablando con la ollita mientras la golpeaba con un palito.
—Herví nomás, ollita hervidora —le decía.
—¡Buenas, amigo! ¿Qué es eso de andar hablando con las ollas? Más vale haga un buen fuego y póngala encima —dijo el capataz acercándose.
—¿Fuego? ¿Para qué iba a andar con esos trabajos? —dijo Pedro haciéndose el sorprendido. —Bueno, esa es la forma de cocinar.
—Será para usted. Lo que es para mí… Pero mire, mire aquí adentro.
El capataz miró dentro de la olla y los ojos se le pusieron como ojos de lechuza.
—¡Está hirviendo! ¡Está hirviendo sin fuego!
—¿Se imagina la comodidad cuando uno anda apurado? —dijo Pedro—. ¿Y en los días de viento? ¿Y en las noches con lluvia? Es la olla ideal para los arrieros.
—¡Se la compro! ¡Usted tiene que venderme esa olla!
—No hay interés en venderla ni plata que alcance para comprarla —dijo Pedro mientras mezclaba su comida.
—Le doy todo esto —dijo el capataz metiendo la mano en el bolsillo de su bombacha—. Acabo de vender una tropa, y plata no me falta. Y el hombre sacó un puñado de billetes. Todos nuevitos.
—Por ser usted —dijo Pedro agarrando el dinero—. Pero va a tener que esperar a que termine de comer.
—No hay problema —dijo el capataz echando otra mirada a la ollita, que seguía hirviendo.— Coma tranquilo, que nosotros estamos sesteando bajo el algarrobal.
Pedro le hizo los honores a su comida, enjuagó la olla en el río y se fue a entregarla.
—¿Con qué rumbo van ustedes? —preguntó como al descuido.
—Para el sur —dijo uno de los peones.
—Ah, bueno. Adiós entonces —dijo Pedro. Y se fue para el norte.
En el camino estuvo tentado de volverse, pero después pensó que no le convenía y siguió su camino diciendo: —Hubiera sido divertido ver a esos grandotes hablándole a mi vieja ollita.
Cuentos de pícaros
Los pícaros suelen ser personajes astutos, traviesos y hábiles para encontrar maneras de conseguir sus objetivos. Por lo general, inventan tretas o engaños para lograrlo. Sin embargo, en algunas ocasiones, sus planes no salen bien y terminan recibiendo un castigo.
Los pícaros comparten algunas de las siguientes características:
- Tienen un origen misterioso o desconocido, muchas veces incluso para ellos mismos.
- No poseen un oficio definido y suelen ir de trabajo en trabajo.
- Tienen un gran ingenio y mucha habilidad para engañar.
- Siempre buscan romper con el orden establecido (burlar la ley, embaucar al poderoso).
Aunque el pícaro es mentiroso y embaucador, no lo vemos como villano, ya que las víctimas de sus tretas tienen aún menos escrúpulos y es frecuente que crean que son ellos los que están estafando al protagonista. Además, aunque a veces se salga con la suya, el pícaro suele ser un personaje marginal y maltratado. En algunos casos, son niños huérfanos; en otros, jóvenes sin oficio ni dinero que intentan sobrevivir en un mundo amenazante en el que el hambre y la pobreza siempre están al acecho.
La necesidad de alimentarse y de sobrevivir, pero también el deseo de burlarse o de castigar al que lo maltrató primero suelen ser algunas de las motivaciones que mueven al pícaro a urdir sus planes.
Pedro Urdemales
Conocido como Pedro Urdemales, de Urdemalas o Malasartes, entre otros nombres, es, tal vez, el pícaro más famoso en América Latina.
Hay noticias de aventuras protagonizadas por Pedro desde la Edad Media, pero es durante el Siglo de Oro cuando adquiere relevancia.
Es frecuente que estos relatos estén ambientados en el ámbito rural. Si bien muchas de las tretas que arma le dejan grandes fortunas, el personaje nunca progresa, y siempre está en busca de dinero y comida para sobrevivir. En general, sus intrigas y burlas ponen en evidencia las miserias y las debilidades de los poderosos.