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José Juan Botelli «Coco» – Pasado y presente

De su libro Gallero viejo y otros cuentos compartimos : Pasado y presente, en un aniversario más de su fallecimiento.

La acción de 1970

Sentada tras el balcón, miraba pasar los modernos automóviles que sin ninguna semenjanza pretérita a otros vehículos de su tiempo que no fueran las cuatro ruedas, no le dejaban rememorar los primeros años del 900 en que llegara al mundo. Las minifaldas le aturdían  cuando las muchachas pasaban casi con sus nalgas al aire, límpidas y vaporosas, sin ocurrírsele relacionar esas imágenes a las de su tiempo sucio de pulgas y chinches,  de calles mal olientes a orín y estiercol de caballos, un tiempo de plagas y epidemias, en donde el agua corriente aún no era corriente más que en los arroyos que ha pesar de cantarinos, no eran tampoco en muchos casos fuentes de aguas limpias, pues ocasiones se los usaba como elemento de arrastre en los incipientes cuartos de baño en las casas campestres y orilleras.

Los «hot pants», tampoco le permitían una homologación con el pasado; en su balcón se escandalizaba, pero, como por un mandato subconsciente salía justo para eso, siempre con la esperanza de ver pasar cosas que pudieran llamar la atención si fuera posible hasta el escándalo.

Aún guardaba en la cómoda su larga faja que al parecer de su tiempo joven publicitó modelaba la silueta bajo falda que llegaba hasta los tobillos; cuando hacia una revisación de su antigua ropa, no se ponía sin embargo a sentirse ridícula, en la memoriosa comparación de lo que veía en la calle.  Simplemente le parecía que lo razonable estaba en esos largos bombachones atados bajo las rodillas, las largas enaguas y vestidos hasta el suelo, verdaderos cinturones de castidad que no permitieron a los pretendientes ni tan siquiera desde la imagen, saber si la futura cónyuge tendría las formas genitoras, que pidieran permitirle el solaz y deleite de las aptencias sexuales culminadas en gustosa paternidad.

A diario salia al balcón de sus imágenes y recuerdos; no obstante, a veces añoraba a sus quince años reencarnada en este tiempo actual, vestida a lo mini…, y no se escandalizaba viéndose muchachita, sintiéndose admirada de los señores hoy casados a los que veía también en el recuerdo de las estampas quinceañeras… ¡Ah, como la mirarían Tomás, Edelmiro, Atenor y tantos otros hoy casados con algunas que no tenían ni tuvieron sus virtudes morales, ni sus atrubutos físicos!…

Pero se asustaba  al recordar que aquellas hoy esposas de sus pretendientes, tuvieron hijos… ¡Quién sabe si ella hubiese podido llegar a eso! Porque de solo imaginarlo le aterraba el mecanismo del parto…, ¡ engrosar hasta el pánico y luego parir es decir poco menos que partirse como una fruta que se abre para dejar salir la semilla, el hijo, dolores entre placenta, sangre y orines, expuesta ante los ojos de la «comadrona»  o el médico y las parientes!… Se santiguaba sin ir mas lejos en las crudas reflexiones y prefería de inmediato llamar por teléfono a una amiga y tras el encuentro irse a la misa de la tarde, la que ahora oficiaban sin latines y tan breves. Entraba al templo y rezaba sin pedir nada, oraba por tener ocupada la mente en «otra cosa»  y por el hecho de pensar que podía hacerle bien, le hacía bien.

Así a diario, seguía en la monotonía del rezo, pero sin renunciar a la contraparte de su balcón, tentación de la que no podía privarse a pesar de que todos los días, en sus oraciones lo repetía mecánicamente…,  » y no nos dejes caer en la tentación», caía en el deseo diario de mirar las límpidas y graciosas jovencitas que con ropas mínimas o apretados pantalones orgullosas de ondular sus curvas pasaban hacia la plaza ya reppleta de jóvenes similares.

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