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La Autonomía Provincial santiagueña: una exploración de sus causas exógenas

Por el Licenciado Esteban Brizuela.

Cuando nos enfocamos en Santiago del Estero y repasamos los episodios alrededor del 27 de abril de 1820 aparecen, por lo general, algunos hechos repetidos que son necesarios para tener en cuenta en la explicación del proceso autonómico. ¿Cuáles son esos hechos? Enumeremos algunos de ellos, y luego los discutiremos:

Formación de los Patricios santiagueñeos:

Solemos mencionar a la formación de este cuerpo militar en 1810 que se organizaron bajo el mando de Juan Francisco Borges. Y suele aparecer en la explicación del proceso del camino a la autonomía porque es allí donde comienza la carrera militar de personajes clave como Juan Felipe Ibarra y Lorenzo Lugones, por nombrar solo a dos. Podemos ver, con el nacimiento de los patricios, la manera en que a nivel local se refleja lo que los historiadores denominaron la “militarización de la vida política”.

Varios intentos autonomistas fallidos:

Este es otro punto que inevitablemente se presenta cuando se habla de nuestra separación de Tucumán. Entre esos intentos se suele dar especial relevancia a los levantamientos que fueron comandados por el coronel Borges, aunque algunos investigadores como Héctor Peralta Puy pusieron el foco en una rebelión previa (de abril de 1815) que tenía como líder a Pedro Isnardi.

El llamado a Juan F. Ibarra:

Acercándonos a la fecha en que se dio el grito de la autonomía, se coloca como un hecho fundamental a tener en cuenta la convocatoria de cabildantes santiagueños a Ibarra, quien estaba desde 1817 al mando del Fortín de Abipones. Ya Ibarra era un líder con carrera militar, que conocía perfectamente el territorio santiagueño. Llegó a la ciudad a fines de marzo de 1820 y sofocó a las tropas tucumanas.

Firma del acta:

Así llegamos al momento más importante, cuando una junta de vecinos firmó el acta por la cual Santiago del Estero se declaró provincia autónoma y, además, se formalizó la elección de Ibarra como gobernador.

Pacto de Vinará:

Por último, a modo de corolario del proyecto soberano, se suele poner el foco en la firma del Pacto de Vinará. Con la mediación del gobierno de Córdoba, se firmó en junio de 1821 el acuerdo por el cual Tucumán reconoció finalmente la autonomía santiagueña.

Otros puntos de vista

Podemos decir que son esos los acontecimientos que se escuchan en cualquier clase en que se pretenda dar una explicación básica de lo que ocurrió en Santiago hace 200 años. Puntos más, puntos menos, por ahí suelen ir los hechos.

Pero en este caso, vamos a intentar hacer el ejercicio de salir estrictamente de lo local. Esquivar la tentación de ver lo que ocurre a nivel local como clave explicativa de la autonomía. Pensarnos como parte de una realidad que no estaba solo determinada por lo que pasaba en nuestros límites. De esta forma escapamos del ombliguismo que, a veces, resulta tentador.

¿Qué factores no centrados en lo local tuvieron que ver con nuestra autonomía? Marquemos algunas cuestiones que nos sirvan para pensar esta dimensión.

1810: Un nuevo orden político

Está claro que a partir de la Revolución de Mayo de 1810 comienza a gestarse un nuevo orden político y eso tendrá consecuencias en todo el territorio de lo que hoy conocemos como Argentina, pero que en ese momento no se denominaba así. En su magistral libro “Revolución y Guerra”, el historiador Tulio Halperín Donghi emprende un riguroso análisis de aquella formación de una elite dirigente criolla a partir del derrumbe del imperio español en América. Halperín lo expresa en estos términos: “Seguir las vicisitudes de una elite política creada, destruida y vuelta a crear por la guerra y la revolución”.

En este nuevo orden ocurrieron un montón de cosas que, en algunos casos afectaron, y en otros beneficiaron a Santiago del Estero. Pero debemos pensarnos en ese marco. Se trata de un tiempo de experimentación política. Se ha derrumbado el viejo orden político-económico. ¿Qué hacer ahora?, se preguntaba esa dirigencia naciente.

Por lo tanto, el “ensayo-error” resulta una constante entre 1810 y 1820, en el complejo contexto de las guerras independentistas. Primera Junta, Junta Grande, Primer Triunvirato, Segundo Triunvirato, Directorio. En cada uno de esos ensayos de implementar un gobierno central se percibe claramente la tremenda incertidumbre que se vivía. Asimismo, las vacilaciones con respecto a declarar o no la independencia y las ideas esgrimidas de dictar una constitución (recordemos que ese era uno de los objetivos de la Asamblea del año XIII) nos muestran la dimensión dramática del momento. Cualquier paso en falso podía costar caro.

En ese contexto, en 1814 se creó la figura del “Director Supremo” para nombrar a quien tenía la responsabilidad y la autoridad central de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Uno de los que ocupó ese cargo fue Antonio Gervasio de Posadas. Veamos una decisión que tomó este líder y que nos interesa para reflexionar sobre la autonomía.

1814: una decisión del director supremo

Luego de la Revolución de Mayo, la división jurisdiccional anterior que constaba de tres grandes gobernaciones (Buenos Aires, Córdoba y Salta) y algunas intendencias, comenzó a sufrir modificaciones. Después de la separación del Paraguay en 1811, el primer decreto sobre creación de nuevas jurisdicciones es de 1813, suscrito por el Segundo Triunvirato. Por él se estableció que las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, que formaban parte de la Intendencia de Córdoba, formarían una Intendencia aparte, adoptando el nombre de Intendencia de Cuyo, con capital fijada en Mendoza.

En 1814 Posadas continuó con las reformas jurisdiccionales y creó la Intendencia Oriental y las gobernaciones de Corrientes y Entre Ríos. El 8 de octubre, la gobernación-intendencia de Salta del Tucumán fue dividida en dos: por un lado, las ciudades de Jujuy, Orán, Tarija y Santa María, quedaron subordinadas a Salta. Por otro lado -y esto nos interesa especialmente- una nueva jurisdicción era creada con la ciudad de San Miguel de Tucumán como cabecera, y con Santiago del Estero y Catamarca como dependientes de aquella. Es decir, Santiago quedaba bajo la órbita tucumana.

El decreto de Posadas destacaba que esta modificación se realizaba, para “distinguir en algún modo el glorioso pueblo de Tucumán que ha rendido tan señalados servicios a la Patria”. Sin dudas, una de las referencias de esta distinción era el apoyo de los tucumanos al Ejército del Norte, en la decisiva Batalla de Tucumán en 1812, que fue clave en la contención del avance de los realistas.

Alguien me podrá objetar y decir que “el factor Posadas” y su nueva propuesta de división jurisdiccional también aparece en los textos que hablan de las causas que tenemos como antecedentes de la autonomía.

Pero cuidado. Muchas veces la pensamos a esta medida desde la dimensión local. Cuando se cita dicha medida de Posadas, se acostumbra a señalar lo que sintieron los cabildantes locales al conocerla. Que se amargaron. Que sintieron que era uno de los días más tristes para los habitantes de este suelo.

Pero Posadas seguramente no pensó esta propuesta como un disciplinamiento para Santiago. Fue pensada más como un reconocimiento a Tucumán. No fue un castigo para nosotros. Era un premio para nuestros vecinos.

De modo que el devenir de los hechos en las Provincias Unidas nos ponía en esta situación.

Pero avancemos un poco más.

1816: fin de la revolución, principio del orden

En 1816 se declara la Independencia en el Congreso de Tucumán. En el marco de ese congreso se emite una disposición que decía lo siguiente: “Fin a la Revolución, principio al orden”. En ese documento se proponía castigar con todo rigor a quienes “promovieren la insurrección o atentaren contra esta autoridad y las demás constituidas o que se constituyen en los pueblos”. Manuel Belgrano, como jefe del Ejército del Norte, tenía que procurar que esa disposición se respetara.

Un par de meses después de la declaración de la Independencia, un líder encabeza un levantamiento en la ciudad de Santiago del Estero. Se trata de nuestro Borges.

Entonces Belgrano debe hacer cumplir el planteo del Congreso que tenía como propósito acabar con cualquier tipo de rebeliones. ¡Fusilan a Borges! Se necesitaba la pacificación de este país que estaba naciendo. Basta de desorden y guerra, decían algunos dirigentes.

¿Por qué se hizo eso con Borges? ¿Acaso había un ensañamiento en contra de este caudillo? ¿Acaso Belgrano traicionó los ideales de Borges? No, en absoluto. De nuevo: salgamos de la escala local, no pensemos desde Santiago. Miremos el panorama completo. No era Borges el problema, era la disposición de un congreso que había decidido tomar un rumbo determinado.

Sigamos avanzando.

1820: la República del Tucumán y el derrumbe del directorio

1820 fue un año muy convulsionado, de principio a fin. El 8 de enero, una parte del Ejército del Norte, al mando del general cordobés Juan Bautista Bustos, se sublevó en Arequito (provincia de Santa Fe), negándose a continuar la marcha para combatir a las tropas federales del Litoral. Desobedeció así, directamente, las órdenes de José Rondeau, Director Supremo en ese momento.

Al poco tiempo, el 1 de febrero de 1820, en la Cañada de Cepeda, las tropas de los caudillos federales de Santa Fe, Estanislao López y de Entre Ríos, Francisco Ramírez, vencieron a las fuerzas de Rondeau. Estos acontecimientos, en conjunto, significaron el fin del gobierno central, es decir del Directorio y del Congreso.

Aquí lo que nos interesa señalar es que en medio de este descalabro (se derrumbaba el orden que con pinzas se había venido construyendo) surgió la iniciativa del gobernador Bernabé Aráoz de fundar la “República del Tucumán” y de dar una constitución a este experimento político. Además, se hizo llamar a sí mismo “Presidente Supremo” de esa república.

Solemos pensar esto como una afrenta para Santiago. Como una humillación para todos los santiagueños. Pero otra vez: escapemos del ombliguismo. Analicemos la situación general, tratemos de entender lo que estaban haciendo los líderes de la época.

Lo que buscaban eran maneras de formalizar sus cargos, de consolidar un piso mínimo de institucionalidad que diera mayor estabilidad a sus lugares en el poder. Tal vez eso quería Araoz. Imaginar formas de reemplazar la arquitectura gubernamental que se había caído con el Directorio.

1820 visto desde hoy

Lo que se leyó hasta aquí son apuntes de exploración del proceso de la Autonomía de Santiago del Estero resaltando sus razones exógenas, y dejando en segundo plano los motivos endógenos.

¿Hay manera de abordar la autonomía sin hablar de la valentía de Borges, del liderazgo de Ibarra y de las humillaciones que sufrió Santiago por responsabilidad de los tucumanos? Sin duda que sí.

La Historia se caracteriza por ensayar argumentos e interpretaciones. Si bien se ha escrito la crónica de lo que sucedió hace 200 años en este territorio, estamos lejos de dejar cerrada esa etapa.

Celebrar este Bicentenario es también debatir y discutir qué nos pasó allá por 1820 cuando surgió una provincia autónoma en medio de un país que, en medio del caos, estaba formándose y tratando de imaginar una manera de organizarse.

En ese contexto es que dimos el grito de soberanía que en estos días evocamos con orgullo.

(* Especial para EL LIBERAL)

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