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Un clásico juvenil “Mi planta de naranja-lima ” sigue emocionando, a cien años del nacimiento de José Mauro de Vasconcelos

Como su personaje, el autor creció pobre en Brasil y conoció la desigualdad. Su obra atravesó fronteras y se sigue leyendo.

 

Mi planta de naranja-lima se publicó en 1968 y se tradujo al español en 1974. Desde entonces tiene dos y hasta tres reimpresiones por año. A fines de 2019 la editorial El Ateneo relanzó la novela y su continuación (original de 1974) en una edición especial que apela mejor a las nuevas infancias. Las tapas -diseñadas por Silvana López- son de cartón, con sobrepujado en plata. Las letras brillantes y modernas anuncian, así, la entrada al mundo de Zezé, el niño de imaginación gigantesca que sueña con ser sabio y poeta cuando crezca. Como su autor.

Mi planta de naranja-lima se publicó en 1968 y se tradujo al español en 1974. Desde entonces tiene dos y hasta tres reimpresiones por año.

Vasconcelos nació en el barrio de Bangu, Río de Janeiro. Su madre era indígena y su padre, portugués. Para que tuviera una vida menos dura, fuera de la favela, lo mandaron a vivir con unos primos a Natal, capital de Río Grande del Norte. Le gustaba nadar, a los nueve años se entrenaba en el río Potengi y esperaba ser el mejor en bracear las aguas. También leía bajo la sombra de los árboles, y soñaba cosas. Muchas, enormes, tan improbables como que una pequeña planta de naranja-lima sea un caballo espléndido al que le pudiera contar sus desgracias. Como su protagonista.

Mi planta de naranja-lima

La novela tiene catorce capítulos, que se dividen en dos partes. Y aunque es una ficción, de alguna forma narra un poco la vida de su autor, mezclada con sus fantasías. Escritor y protagonista comparten apellido y ambos cumplen años el 26 de febrero. La madre de Zezé, por ejemplo, también es indígena. Y el niño, que es rubio y de tez blanca como su padre portugués, se siente orgulloso de ser un Pinagé (el apellido de la madre). Esas son sólo algunas de las partes comunes de la trama de Mi planta naranja-lima con la historia de José Mauro de Vasconcelos, quien vivió después cosas que ni de niño pudo imaginar.

Zezé es un chico inquieto, curioso, que tiene una realidad muy dura. Vive en un barrio pobre y un día, de pronto, su mejor amigo, Manuel Valadares, un portugués, muere. Eso le abre los ojos a la injusticia del mundo, a las diferencias que hay entre pobres y ricos, y tiene que hacerse adulto, crecer. En ediciones anteriores, el subtítulo del libro decía “La historia de un niño que un día descubrió el dolor…”. En su nueva versión eso ya no está, no hace falta, porque los lectores de hoy tienen menos inocencia sobre la actualidad. Sí hay ahora un anexo con datos que contextualizan la obra, un breve análisis para los docentes –porque se da a leer en la escuela primaria- y una biografía del autor.

Se funden, mientras se diferencian, esas dos vidas. La novela refleja el ambiente de una favela de Río de Janeiro en los años 50, que no es tan distinta a la actual, o a la de cualquier barrio marginal de casi toda gran ciudad. De un lugar así trataron de sacar a su hijo los padres del autor, y de ahí escapa Zezé con su imaginación. De Vasconcelos, para subsistir, a lo largo de su vida fue entrenador de boxeo, cargador de bananas, modelo de escultores en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro, mozo en un boliche nocturno de San Pablo y viajero empedernido.

De Vasconcelos, además, estudiaba mucho, aunque no de forma tradicional. Ya consagrado, siempre fue un hombre brillante, a la vez que muy sencillo, best-seller, reconocido por crítica y público, pero siempre lejano a la Academia de Letras. Su conocimiento lo armó con un mix de lecturas autodidactas, experiencias de vida y trabajo duro. Cursó dos años de la carrera de medicina en Natal, pero abandonó. Obtuvo una beca para educarse en España, aguantó una semana y dejó todo para recorrer Europa.

Vamos a calentar el sol

Cuando volvió comenzó a trabajar explorando la cuenca del río Araguaia. Junto a los hermanos Villas-Bôas -Orlando, Cláudio y Leonardo-, indigenistas brasileños, se internó en la región de Araguaia, en el centro-oeste de Brasil, en una expedición que unió la parte interior de su país con la del litoral. Así, descubrieron pueblos desconocidos, cartografiaron territorios y abrieron rutas.

De esa experiencia surgió su primer libro, Hombres sin piedad (Banana Brava, en el original) publicado en 1942. Tenía solo 22 años y comenzaba de ese modo su carrera literaria, que siempre estuvo cruzada por su respeto a la naturaleza, sensibilidad hacia las personas en situación de pobreza y los peligros que enfrentan los indígenas ante el contacto con los blancos. Barro blanco, novela ambientada en las Salinas de Macau en Río Grande del Norte, de 1945, fue su primer éxito.

Zezé hablando con su planta en la película "Mi planta de naranja lima", de 2012

Zezé hablando con su planta en la película «Mi planta de naranja lima», de 2012

Su método de trabajo era peculiar, como él. Elegía el escenario de su historia y entonces viajaba ahí, se instalaba un tiempo. “Escribo en pocos días. Pero, en compensación, paso años rumiando ideas”, dijo una vez. Hizo en total veintidós libros, entre novelas y cuentos, que fueron traducidos y publicados en Europa, Estados Unidos, América Latina y Japón. Apenas cinco de sus títulos se consiguen en la Argentina, todos editados por El Ateneo. Además de Mi planta de naranja-lima y Vamos a calentar el sol, están Rosinha mi canoa (1962), Corazón de vidrio (1964) y El velero de cristal (1973).

Varias de sus obras fueron adaptadas al cine, al teatro y hasta se hicieron series de televisión. De Mi planta de naranja-lima hay dos películas -una de 1970 y otra de 2012- y hasta telenovelas. De Vasconcelos fue, también, guionista, periodista, artista plástico y, de rebote, actor, tanto en historias propias como ajenas, actividad por la que obtuvo, incluso, premios. Un dato bonus: aunque sea frívolo de marcar, era un hombre muy guapo y fue también galán de culebrones. Viajaba al “medio de la selva”, como le decía a internarse en el Amazonas, por lo menos una vez al año, para vivir con comunidades indígenas. Su vida repleta, poblada de creaciones y aventuras, sin embargo fue corta.

Murió el 24 de julio de 1984, a los 64 años, por una bronconeumonía. Un destino trágico, como el que transita su Zezé. Triste, como esa escena en la que se peina con grasa y se pone un traje para ir con su hermanito a la puerta de una iglesia, en la que regalaban juguetes por Navidad, y al llegar solo encuentran los restos. Porque no había nada para ellos. Y al protagonista lo que en realidad lo entristece es que el pequeño Luis haya conocido así la desigualdad.

“Tengo un público que va de los 6 a los 93 años”, solía decir De Vasconcelos. Su estilo claro, directo, combinaba la crudeza de situaciones de miseria, incomprensión, injusticia, con la ternura de su mirada. No se andaba con rodeos para decir las cosas y no por eso perdía su lírica. Al contrario. Tal vez ese es el motivo por el que Mi planta de naranja-lima terminó siendo parte de los años de formación de tantas personas y todavía hoy les sigue hablando.

Así empieza «Mi planta de naranja-lima»

El descubridor de las cosas

Veníamos tomados de la mano, sin apuro ninguno, por la calle. Totoca venía enseñándome la vida. Y yo me sentía muy contento porque mi hermano mayor me llevaba de la mano, enseñándome cosas. Pero enseñándome las cosas fuera de casa. Porque en casa yo aprendía descubriendo cosas solo y haciendo cosas solo, claro que equivocándome, y acababa siempre llevando unas palmadas. Hasta hacía bastante poco tiempo nadie me pegaba. Pero después descubrieron todo y vivían diciendo que yo era un malvado, un diablo, un gato vagabundo de mal pelo. Yo no quería saber nada de eso. Si no estuviera en la calle comenzaría a cantar. Cantar sí que era lindo. Totoca sabía hacer algo más, aparte de cantar: silbar. Pero por más que lo imitase no me salía nada. El me dio ánimo diciendo que no importaba, que todavía no tenía boca de soplador. Pero como yo no podía cantar por fuera, comencé a cantar por dentro. Era raro, pero luego era lindo. Y estaba recordando una música que cantaba mamá cuando yo era muy pequeñito. Ella se quedaba en la pileta, con un trapo sujeto a la cabeza para resguardarse del sol. Llevaba un delantal que le cubría la barriga y se quedaba horas y horas, metiendo la mano en el agua, haciendo que el jabón se convirtiera en espuma. Después torcía la ropa e iba hasta la cuerda. Colgaba todo en ella y suspendía la caña. Hacía lo mismo con todas las ropas. Se ocupaba de lavar la ropa de la casa del doctor Faulhaber para ayudar en los gastos de la casa. Mamá era alta, delgada, pero muy linda. Tenía un color bien quemado y los cabellos negros y lisos. Cuando los dejaba sueltos le llegaban hasta la cintura. Pero lo lindo era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado aprendiendo.

Fuente: https://www.clarin.com/cultura/-planta-naranja-lima-sigue-emocionando-cien-anos-nacimiento-jose-mauro-vasconcelos_0_ataoSXuw.html

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