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A 130 años del nacimiento de César Vallejo, el poeta peruano más universal

Tuvo una influencia insoslayable en la literatura del continente y fue un renovador del género. Autor de “Los heraldos negros” y «Trilce, se inspiró para escribir en experiencias vitales, como la de su permanencia en prisión. Sigue vigente.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!” César Vallejo fue uno de los más relevantes e innovadores poetas del siglo XX a nivel mundial y el máximo referente de las letras peruanas. Autor de Los heraldos negros y de Trilce, dos poemarios memorables, nacía el 16 de marzo de 1892, hace 130 años para para cambiar la historia de la literatura.

Dentro del género de la poesía, se puede decir que rompió todos los moldes, no hubo ni hay nada igual, aunque quizás sea factible reconocer en su obra cierta deliciosa musicalidad que hace pensar en la huella del nicaragüense enraizado en la Argentina, Rubén Darío (1867-1916). De hecho, es el modernismo, corriente de la que se podría señalar a Darío como fundador en Hispanoamérica, la que también albergó a Vallejo tiempo después.

César Vallejo había nacido en Santiago de Chuco, una ciudad peruana que queda a unos 165 kilómetros de Trujillo, una ciudad bastante importante del Noroeste del país andino. Pero fue en Lima donde publicó sus dos primeros libros de poemas: Los heraldos negros (1918) y Trilce (1922), los más conocidos en lengua española -aunque su obra fue traducida a casi todos los idiomas que existen- y que lo colocaron en un lugar destacado dentro de la historia de la literatura universal.

Genio y figura. Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía universal del siglo XX y el máximo exponente de las letras en el Perú.Genio y figura. Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía universal del siglo XX y el máximo exponente de las letras en el Perú.

Después –en 1923- se fue a Europa. Había tenido un problema con la justicia en su país, lo acusaron de un ilícito y debió emigrar. Nunca más volvió a pisar tierra incaica.

Vivió un tiempo en España y el resto de su vida en París, ciudad que lo deslumbró desde el minuto cero (¿a quién no?) y que después lo desilusionó por lo dura que resultó allí su subsistencia. Vivió de hotel en hotel y, muchas veces, durmió bajo algún puente. Así y todo, se quedó en París hasta su muerte, el 15 de abril de 1938.

Modernista, vanguardista, revolucionario, a su modo

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Según el poeta amigo y coterráneo de Vallejo, Espejo Asturriazaga, esta frase inicial de Los heraldos negros habría surgido en la mesa de un café, en torno a la cual se reunían junto a otros intelectuales con quienes integraban el grupo Norte, un circulo literario de la época.

Al parecer, Vallejo se refería a un problema familiar que lo agobiaba, presuntamente: la violación que había sufrido su hermana María Aguedita en su Santiago de Chuco natal.

Portada de "Trilce", considerada por muchos su obra cumbre. / Foto: Archivo ClarínPortada de «Trilce», considerada por muchos su obra cumbre. / Foto: Archivo Clarín

Los heraldos negros (Lima, 1919) da cuenta de una expresividad innovadora, distinta a todo lo leído hasta ese momento, que coloca al autor en el centro del modernismo. Casi se podría decir que Vallejo aquí inaugura un nuevo lenguaje, una nueva manera de escribir poesía.

Esta obra fue y es muy valorada, en principio, por sus compatriotas: el escritor y pensador peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930), gran exponente de la literatura peruana, a pesar de su corta vida y gran referente del pensamiento marxista en América Latina, destacó el sentido “indigenista” de Los heraldos… por cómo Vallejo aborda aquí la peruanidad y el ser nativo. Pero también, hay un planteo filosófico, que propone repensar aquello que es inevitable en la experiencia humana: la fatalidad, el sufrimiento, la indefensión, la incerteza en que inevitablemente nos movemos los humanos.

Sin embargo, hay que decir que este libro no tuvo una inmediata aceptación entre los autores contemporáneos. Sin ir más lejos, fue nada menos que el español Miguel de Unamuno quien criticó esa imagen visual de “el pan en la puerta del horno que se nos quema” por incluir elementos de la escena cotidiana, doméstica en su obra poética.

El poemario Trilce (1922), que se inscribe dentro del vanguardismo, es todavía más profundo y demoledor. El poeta venía de enterrar a su madre, María de los Santos Mendoza Gurrionero y a su amada, María Rosa Sandoval. En realidad, María Rosa lo abandonó sin darle explicaciones porque estaba enferma de muerte y no quería apenarlo. “A ti no te abandonan las Marías”, se justificó alguna vez. Además, había estado en la cárcel por aquel entuerto en el que quedó involucrado.

Por eso, los poemas de Trilce son tremendamente sombríos y abrumadores.

Según las propias palabras del poeta: “El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy más que nunca quizá, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista. ¡La de ser Libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mejor cosecha artística. […] ¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!

Trilce tampoco fue muy bien recibido al principio. Fue considerado demasiado vanguardista, demasiado “disparatado” para la época. Y es que Vallejo creó un estilo muy particular que rompía el molde de lo concebido en materia de poesía hasta el momento.

Esta obra desestructuró, desarmó el andamiaje de la poesía tradicional. Para decirlo mejor, el autor aquí hace uso de vulgarismos, cultismos, regionalismos; todos los registros expresivos y todas las figuras retóricas.

Un año después de la muerte del poeta, su viuda -la francesa Georgette Vallejo- reunió en París una serie de originales bajo el título de Poemas humanos (1939), libro en el cual también incluyó algún material ya publicado.

Según Georgette, el último deseo de César Vallejo era ser enterrado en el Cementerio parisino de Montparnasse, cosa que ella consiguió no sin dificultad. En su epitafio, la viuda del poeta escribió: «He nevado tanto, para que duermas».

Por Adriana Muscillo / Fuente : Diario Clarín

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