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Sin maíz no hay país

Eduardo Galeano

En el año 2009, el gobierno de México autorizó las siembras, experimentales y limitadas, de maíz transgénico.
Un clamor de protesta se alzó desde los campos. Nadie ignoraba que los vientos se ocuparían de propagar la invasión, hasta que el maíz transgénico se convirtiera en fatalidad del destino.
Alimentadas por el maíz, habían crecido muchas de las primeras aldeas en América: el maíz era gente, la gente era maíz, y el maíz tenía, como la gente, todos los colores y sabores.
¿Podrán los hijos del maíz, los que hacen el maíz que los hizo, resistir la embestida de la industria química, que en el mundo impone su venenosa dictadura? ¿O terminaremos aceptando, en toda América, esta mercancía que dice llamarse maíz pero tiene un solo color y no tiene sabor ni memoria?

 

Libro: Los hijos de los días

 

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