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José de San Martín: Libertador de América


Breve biografía de José Francisco de San Martín. Un camino hacia la Libertad.

El nacimiento en YapeyúJosé Francisco de San Martín fue hijo del capitán don Juan de San Martín, nacido en Cervatos de la Cueza el 3 de febrero de 1728, y de doña Gregoria Matorras del Ser, que vio la luz en Paredes de Nava el 12 de marzo de 1738. Las dos poblaciones pertenecían al Reino de España y estaban en jurisdicción de Palencia, una de las provincias de Castilla la Vieja.El Libertador vino al mundo el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, que actualmente forma parte de la provincia argentina de Corrientes y que, por entonces, era la capital de uno de los cuatro departamentos en que habían sido agrupados los treinta pueblos de las misiones guaraníticas tras disponer el rey Carlos III en 1767 la expulsión de los jesuitas, quienes habían evangelizado la región, sufrido el martirio en muchos casos e incorporado a miles de indígenas a la vida civilizada.

Don Juan de San Martín ejerció allí, desde 1775, las funciones de teniente de gobernador.

En 1781, la familia San Martín -el padre, la madre y cinco hijos, de los que cuatro eran varones- estaba radicada en Buenos Aires.

Todos emprendieron viaje a España a fines de 1783, haciéndolo a bordo de la fragata Santa Balbina. Arribaron al puerto de Cádiz en la segunda quincena de marzo de 1784.

Soldado del ejército real

José de San Martín, después de realizar estudios elementales en Málaga, donde se había establecido su familia, se incorporó en 1789 como cadete al Regimiento de Murcia, del arma de infantería.

Mientras formó parte del ejército real con guarnición en España, combatió inicialmente en África contra los moros (árabes islámicos que habitaban en el norte de ese continente) y después lo hizo en Europa o en los mares vecinos, en guerras sostenidas con Francia, Inglaterra y Portugal. Esto determinó su participación en treinta y una acciones bélicas, siendo una de ellas el combate de Arjonilla.

Por su actuación en la famosa batalla de Bailén, donde resultaron batidas las legiones invasoras del emperador Napoleón I, fue ascendido al grado de teniente coronel y condecorado con medalla de oro, alto timbre de honor del ya por entonces destacado militar rioplatense.

Por este tiempo, en que pasó a ser oficial de caballería, San Martín se vinculó a otros jóvenes americanos, residentes en la Península, que forjaban planes de independencia política para las respectivas regiones de su nacimiento.

En 1811, pidió y obtuvo su retiro del ejército real, dejó España por la vía de Portugal y se trasladó a Londres, donde esperaba concretar su propósito de pasar a América.

“Mi país nativo”

Corrido el tiempo, San Martín evocaría en varias ocasiones esta etapa de su vida.

Así, en 1848, escribió lo siguiente: “yo serví en el ejército español, en la Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar».

Muchos años antes, en 1819, había manifestado: «Hallábame al servicio de España el año 1811 con el empleo de comandante de escuadrón del Regimiento de Caballería de Borbón cuando tuve las primeras noticias del movimiento general de ambas Américas, y que su objetivo primitivo era su emancipación del gobierno tiránico de la Península. Desde este momento me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados: preferí venirme a mi país nativo, en el que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances… «.

San Martín y otros rioplatenses desembarcaron el 9 de marzo de 1812 en Buenos Aires, la ciudad capital del antiguo Virreinato del Río de la Plata.

Contribuir a la independencia de los pueblos americanos era la alta misión que lo había impulsado a retornar a la tierra de su nacimiento.

En Buenos Aires, en San Lorenzo, en el Norte

A poco de su llegada, el gobierno triunviro le confió la organización de un escuadrón de caballería, que en pocos meses se constituiría en la base del Regimiento de Granaderos a Caballo, de inmortal memoria en las luchas por la emancipación americana.

Mientras instruía a oficiales, cadetes, cabos y soldados en el arte militar, en el manejo de las armas y en la disciplina castrense, el general San Martín contrajo matrimonio con María de los Remedios de Escalada.

El 7 de diciembre de 1812, el nuevo gobierno triunviro le concedió el empleo de coronel del flamante regimiento.

El 3 de febrero de 1813, San Martín, al frente de 120 granaderos, obtuvo su primera victoria en tierra americana al derrotar en San Lorenzo, cerca de la ciudad santafesina de Rosario, a 250 infantes desembarcados de una expedición fluvial corsaria promovida por el gobierno de Montevideo, ciudad aún dominada por partidarios del rey Borbón. El combate duró quince minutos y en su transcurso el jefe criollo estuvo a punto de perder la vida al quedar aprisionado por su caballo herido.

El Ejército del Norte había sido creado por el gobierno revolucionario en 1810 para afirmar su autoridad y consolidar el movimiento independentista hasta las fronteras con el Virreinato del Perú. Al mando del benemérito general Manuel Belgrano, vencedor en las batallas de Tucumán y Salta, penetró en 1813 en el Alto Perú (actual Bolivia), donde sufrió los reveses de Vilcapugio y Ayohuma. Mientras las fuerzas militares derrotadas retrocedían hasta Salta para reorganizarse, el gobierno de Buenos Aires decidió socorrerlas con el envío de refuerzos al mando del coronel San Martín. Este asumió el mando del Ejército del Norte el 29 de enero de 1814, tras disponerse el relevo del general Belgrano.

El nuevo jefe, que estableció sus cuarteles en Tucumán, se dedicó a reorganizar y disciplinar el ejército que se le había confiado, para lo que se valió de sus amplios conocimientos militares. Se hallaba dedicado a tan importante tarea cuando un grave deterioro de su salud lo obligó a pedir licencia, que le fue concedida. Pasó entonces a Córdoba, donde el descanso y los cuidados médicos contribuyeron a mejorar su estado.

Gobernador de Cuyo

Mientras se hallaba en el Norte, San Martín llegó al convencimiento de que por ese solo camino no se lograría derrotar a las fuerzas del virrey del Perú que ocupaban el Alto Perú. En su concepto, era necesario abrir un segundo frente por el océano Pacífico y avanzar sobre Lima para que las tropas virreinales se retirasen a fin de acudir en defensa del territorio peruano amenazado. Mientras esto no sucediese, el Ejército del Norte y la defensa de la frontera con el Alto Perú quedarían a cargo de Martín Miguel de Güemes y sus milicias gauchas.

El 10 de agosto de 1814, el director supremo Gervasio Antonio de Posadas designó a San Martín -dijo hacerlo «a su instancia y solicitud»- «gobernador intendente de la Provincia de Cuyo, con el doble objeto de continuar los distinguidos servicios que tiene hechos a la Patria y el de lograr la reparación de su quebrantada salud en aquel delicioso temperamento».

Cabe señalar que la gobernación intendencia de Cuyo había sido creada el 29 de noviembre de 1813, con jurisdicción sobre las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, separadas por esta decisión de la de Córdoba.

El plan continental de liberación

Llevaba San Martín dos meses en el gobierno de Cuyo -asumido por él en septiembre de 1814- cuando sucumbió el régimen independentista de Chile a manos de las tropas represoras enviadas por el virrey del Perú. Esto determinó que el Libertador replantease su plan de acción militar, lo que lo llevó a optar entre dos alternativas: o adoptar un plan defensivo en previsión de que las tropas del virrey del Perú atacasen a Cuyo atravesando la cordillera de los Andes o formar un ejército para cruzar esas montañas a fin de liberar Chile y, conseguido esto, hacer otro tanto con el Perú. Se decidió por la segunda, o sea por una acción militar destinada a asegurar a los pueblos hispanoamericanos su segregación de la monarquía borbónica y su condición de estados soberanos.

El plan continental sanmartiniano fue aprobado por el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata poco después de haber declarado estas su independencia el 9 de julio de 1816.

Cómo era San Martín

San Martín repartió su tiempo en ejercer el gobierno civil de Cuyo y en organizar el Ejército de los Andes, cuyo campo de instrucción estaba en el Plumerillo, cercano a la ciudad de Mendoza. De un lugar a otro se trasladaba montando «un caballo negro, rabón, de trote largo». Su vestimenta -escribió Damián Hudson- era muy sencilla, pues usaba «pantalón de punto de lana, azul, ajustado a la pierna, bota granadera, un largo sobretodo de paño del mismo color en invierno, casaca larga de igual tela en el verano, con botones de metal dorado, corbatín de seda o de cuero charolado, sombrero militar forrado en hule».

Su estatura era de 1,70 m, aproximadamente, pero impresionaba como tanto o más porque estaba siempre erguido, con presencia castrense. El rostro se mostraba moreno, ya por coloración natural de la piel, ya por la huella que en él había dejado el servicio prestado a campo abierto. La nariz era aguileña y grande. Los prominentes ojos negros no permanecían nunca quietos y eran dueños de una mirada vivísima. Poseía una inteligencia poco común y sus conocimientos iban más allá de los propios de una estricta formación profesional.

De maneras tranquilas y modales que revelaban esmerada educación, según los momentos era dicharachero y familiar, severo y parco, optimista y dispensador de ánimo para quienes lo habían perdido o vacilaban. Nadie pudo ni podrá tacharlo de indiscreto, llegando en ocasiones a ser, por necesidad, casi críptico o disimulador sin mentira. Profundamente reservado y caluroso en sus afectos, de él dijo Mitre que «era observador sagaz y penetrante de los hombres, a los que hacía servir a sus designios según sus aptitudes».

La liberación de Chile

Concluida la preparación del Ejército de los Andes, entre cuyos jefes se contaba el gran patriota chileno Bernardo O’Higgins, a mediados de enero de 1817 se inició el cruce de la cordillera, que parecía insalvable para una masa militar en campaña. Traspuestas las montañas, las tropas libertadoras vencieron en Chacabuco a un ejército realista el 12 de febrero, victoria que les dejó libre el camino de Santiago, la capital de la antigua Capitanía General o Reino de Chile.

Tres días después, se reunió en la mencionada ciudad una representación de hombres notables, la cual designó al Libertador para que fuera el máximo magistrado político del país. Como San Martín declinó ese honor, entonces se escogió al brigadier O’Higgins, con el título de director supremo, para regir los destinos del país hermano. Al asumir el cargo, el patriota chileno dirigió al pueblo una proclama en la que dejaba constancia de que «los hijos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de esa nación que ha proclamado su independencia como fruto precioso de su constancia y patriotismo, acaban de recuperaros la libertad».

Con motivo de la victoria de Chacabuco, el Cabildo de Santiago obsequió al general San Martín la suma de diez mil pesos. El héroe declinó el regalo y a la vez solicitó al ayuntamiento que lo destinara a fundar una biblioteca nacional, para que el pueblo, decía en una nota, «se ilustre en los sagrados derechos que forman la esencia de los hombres libres».

Las tropas realistas que aún permanecían en el sur de Chile fueron reforzadas desde el Perú e iniciaron un avance sobre Santiago. En la noche del 19 de marzo de 1818 lograron sorprender en Cancha Rayada al ejército unido de argentinos y chilenos, que se dispersó parcialmente. San Martín rehízo sus efectivos y el 5 de abril siguiente obtuvo un gran triunfo en la batalla de Maipú.

El escueto parte que en  la  tarde de ese día envió al director  supremo de las  Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón, lo dice todo:  «Nada existe del ejército enemigo; el que no ha sido muerto, es prisionero. Artillería, ciento sesenta oficiales, todos sus generales, excepto Osorio, están en nuestro poder; yo espero que este último me lo traigan hoy. La acción del 19 ha sido reemplazada con usura, en una palabra, ya no hay enemigos en Chile».

La victoria de Maipú tuvo enorme importancia, no sólo militar sino también política, por su gran repercusión en todo el  continente, llevando esperanzas a los pueblos aún dominados y causando a la vez halagüeños augurios por sus derivaciones en la política europea.

Independencia del Perú

Poco antes de concluir 1818, el Congreso de las Provincias Unidas reconoció el nuevo Estado de Chile, cuya independencia había sido declarada al comenzar el año.

Con esa decisión se confirmaba uno de los fines de la campaña dirigida por San Martín: éste era un liberador de pueblos, no su dominador.

Asegurada la independencia de Chile, San Martín organizó el Ejército Libertador del Perú, integrado por argentinos y chilenos. La expedición, que partió el 20 de agosto de 1820, desembarcó el 7 del mes siguiente en la bahía de Paracas, donde se anunció al pueblo peruano que había llegado la hora de su liberación.

El jefe rioplatense inició en ese lugar su campaña, coronada con su entrada en Lima el 10 de julio de 1821, ingreso que hizo de incógnito en el atardecer de ese día para no quebrar la modestia y austeridad con que siempre rigió su extraordinaria existencia. El 28 de ese mes, el general proclamó la independencia peruana en la Plaza Mayor de Lima.

San Martín ejerció funciones de gobierno con el título de Protector de la Libertad del Perú. Entre sus realizaciones cabe recordar las siguientes: creó la bandera y el himno de la nueva nación; fundó la Escuela Normal y la Biblioteca Nacional, a la que donó sus libros; decretó la libertad de los hijos de esclavos nacidos después de la declaración de la independencia y extinguió los tributos que pagaban los indígenas. Mientras continuaban las acciones militares contra las fuerzas realistas, formó la primera escuadra peruana y el ejército nacional.

Después de entrevistarse en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, en julio de 1822, con el Libertador del Norte, el general Simón Bolívar, San Martín prefirió abandonar el campo de su gloria con un renunciamiento ejemplar antes que claudicar en sus principios de libertador de pueblos.

El héroe retorna a Buenos Aires

De regreso en Lima, convocó al Congreso Nacional y ante él renunció a sus poderes en septiembre de 1822.

En esa ocasión pronunció un discurso pleno de altos principios y digno de su talla heroica, al  que dio término con estas palabras: «Desde este momento queda instalado el congreso soberano y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes».

Enseguida, abandonó la sala del Congreso para trasladarse a su quinta de La Magdalena, con el propósito de descansar unas horas antes de emprender el viaje de retorno a Chile, como tenía proyectado. Allí fue a visitarlo una comisión de diputados para ofrecerle, entre otros honores y títulos, los de «generalísimo» y «fundador de la libertad del Perú», que San Martín aceptó únicamente en lo que expresaban de honorífico, pero no en cuanto al amplio poder que tenía su ejercicio.

En la madrugada del siguiente día -21 de septiembre de 1822- embarcó el Libertador San Martín, aureolado por la grandeza de su alma, con destino al puerto chileno de Valparaíso.

Después de permanecer en las cercanías de Santiago para reponerse de una grave enfermedad, se dirigió a Mendoza, ciudad a la que arribó en los primeros días de febrero de 1823 y donde permaneció algún tiempo para informarse de la evolución de la situación política y militar existente en el Perú. Allí recibió la noticia de la muerte de su esposa, cuyo deceso se produjo en Buenos Aires el 3 de agosto. Como consecuencia, quedó huérfana de la atención materna su hija Mercedes, nacida en Mendoza el 24 de agosto de 1816.

El 4 de diciembre de 1823, San Martín llegó a Buenos Aires y por pocos días se hospedó en una quinta de la familia Escalada sita en el antiguo partido de San José de Flores (ahora Parque de los Patricios).

Desde allí retornó a la ciudad para visitar a las autoridades políticas de la provincia de Buenos Aires, quienes le retribuyeron la cortesía. Empero, pronto comenzó a manifestarse un ambiente de hostilidad en torno de su persona, a la vez que se le atribuían absurdos proyectos y actitudes.

La educación de Mercedes

Resolvió trasladarse a Europa para dar a su hija una educación escolar esmerada. También esperaba que este alejamiento le permitiera evadirse del molesto ambiente que le habían creado en Buenos Aires algunos ingratos.

Padre e hija partieron de Buenos Aires el 10 de febrero de 1824, aunque el Libertador esperaba regresar prontamente. Así lo expresó en la carta que, ya a bordo del navío Le Bayonnais, envió ese día a su compadre, el coronel Federico Brandsen: «Dentro de una hora parto para Europa con el objeto de acompañar a mi hija para ponerla en un colegio en aquel país y regresaré a nuestro país en todo el presente año, o antes si los soberanos de Europa intentan disponer de nuestra suerte».

Durante el tiempo que permaneció en el Viejo Mundo mantuvo contacto epistolar con amigos residentes en América, estuvo por breve lapso en Londres y después fijó su domicilio en Bruselas, además de hacer varios viajes y visitas.

No derramar sangre criolla

Mientras su hija Mercedes continuaba sus estudios en un instituto educativo en Bruselas, decidió retornar a Buenos Aires para atender sus asuntos personales, en particular los de carácter económico. Alentado por la convicción de que hallaría a sus compatriotas en paz, se embarcó a fines de 1828, pero al pasar por Río de Janeiro tuvo noticias del movimiento revolucionario iniciado en Buenos Aires el 1 de diciembre de 1828 por el general Juan Lavalle, su antiguo subordinado, y del posterior fusilamiento del gobernador legítimo, coronel Manuel Dorrego. Ambos hechos, alentados por el Partido Unitario, determinaron que el Libertador decidiera no desembarcar en la capital porteña, permaneciendo a bordo del buque Countess of Chichester, que lo había traído, y hacerlo en Montevideo. Hasta allí llegaron delegados del general Lavalle para ofrecerle el mando militar y político de la provincia de Buenos Aires.

Tras rechazar la proposición, San Martín escribió una carta al jefe revolucionario en la que le decía: «Sin otro derecho que el de haber sido su compañero de armas, permítame usted, general, le haga una sola reflexión, a saber: que aunque los hombres en general juzgan de lo pasado según su verdadera justicia, y de lo presente según sus intereses, en la situación en que usted se halla, una sola víctima que pueda economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable, sea cual fuere el resultado de la contienda en que se halle usted empeñado, porque esta satisfacción no depende de los demás sino de uno mismo «.

El largo ostracismo

Consecuente con su principio de no desenvainar su sable para luchar en contiendas facciosas, el 17 de abril se marchó de Montevideo para regresar a Bruselas pasando, previamente, por Inglaterra y Francia. El ostracismo que el héroe se impuso al alejarse por segunda vez de las tierras rioplatenses no tenía carácter definitivo en su sentir íntimo. En cuanto a su duración, la subordinó a los sucesos que por entonces se desarrollaban en su patria.

San Martín y su hija dejaron Bruselas y a fines de 1830 se instalaron en París, para después hacerlo en una modesta residencia de campo situada a unos 13 kilómetros de aquella ciudad. En ese tiempo asolaba varios países europeos una epidemia de cólera, cruel enfermedad que atacó a ambos y de la que felizmente pudieron reponerse.

El 13 de diciembre de 1832, la hija del Libertador contrajo matrimonio con Mariano Balcarce, joven porteño que a la sazón residía en Europa. Poco antes, San Martín había escrito a la madre de su futuro yerno lo siguiente: «La educación que Mercedes ha recibido bajo mi vista no ha tenido por objeto formar de ella lo que se llama una dama de gran to­ no, pero sí el de hacer una tierna madre y buena esposa; con esta base, y las recomendaciones que adornan a su hijo de usted, podemos prometernos que estos jóvenes sean felices, que es a lo que aspiro». Prontamente, el héroe sería abuelo, primero de María Mercedes y después de Josefa.

A poco de trasladarse a Francia, San Martín anudó una honda amistad con Alejandro Aguado, su antiguo camarada de armas en España, convertido por entonces en un gran banquero. Cerca de la residencia de éste, en un lugar conocido con el nombre de Grand Bourg, el héroe adquirió en 1834 una confortable vivienda, que habitó hasta 1848 con su hija, su yerno y sus nietas. Hasta allí llegarían para visitarlo compatriotas como Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi; su antiguo subordinado el general inglés Guillermo Miller y chilenos o peruanos empujados por el afán de conocer al libertador de sus respectivas patrias.

Con la América agredida

El largo ostracismo del héroe no le impidió seguir atentamente la marcha de su tierra nativa, así como sentirse vigía y custodio de la independencia americana. Por ello, no vaciló en tomar posición cuando el jefe de la flota francesa de estación en el Atlántico Sur decretó el bloqueo del puerto de Buenos Aires y del litoral perteneciente a su soberanía. Bien se daba cuenta San Martín de que ese bloqueo no era causa de un conflicto, sino consecuencia de una política agresiva y atentatoria de la soberanía americana.

Con dignidad y delicadeza, ofreció sus servicios al gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, brigadier general Juan Manuel de Rosas. Así le decía en una carta remitida desde Grand Bourg en agosto de 1838: «He visto por los papeles públicos de ésta el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de esta medida; si son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en mis circunstancias y la de que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hacen, por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad, que espere sus órdenes; tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la patria que me vio nacer».

Mas como el  Gran  Capitán se anoticia de que hay compatriotas que consienten o apoyan la agresión europea   esperando  obtener con ello ventajas sobre  la  facción que a la postre podría resultar vencida, escribirá en 1839: «Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía  ni el sepulcro la puede hacer desaparecer».

“Yo soy del Partido Americano”

Corrido el tiempo, una nueva amenaza se cernió sobre América con motivo de la intervención armada en el Río de la Plata hecha en forma combinada por Inglaterra y Francia. Sabedor San Martín del combate de la Vuelta de Obligado, en el que soldados argentinos enfrentaron a los invasores europeos, escribió en 1848 a Rosas lo siguiente: «Los interventores habrán visto lo que son los argentinos. A tal proceder no nos queda otro partido que cumplir con el deber de hombres libres, sea cual sea la suerte que nos prepare el destino, que por mi íntima convicción no sería un momento dudoso en nuestro favor si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda que, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España».

San Martín podía hablar con libertad y firmeza porque su pensamiento y su acción estaban irrevocablemente unidos a quienes ponían vida, haberes y fama al servicio de la libertad de las nuevas naciones. Así lo dijo por este tiempo al escribir a su amigo Tomás Guido: «Usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del Partido Americano».

La muerte del héroe

En 1848, debido a la agitación reinante en gran parte de Francia, San Martín dejó Grand Bourg y, acompañado por su familia, se trasladó a Boulogne-sur-Mer. Desde allí resultaría más fácil y rápido pasar a Gran Bretaña.

En Boulogne-sur-Mer, a las 3 de la tarde del 17 de agosto de 1850, falleció don José de San Martín, brigadier general de la Confederación Argentina, capitán general de la República de Chile y generalísimo de la del Perú y  fundador  de su libertad. Se hallaban a su lado su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, sus nietas, el representante de Chile en Francia don Francisco Javier Rosales y el doctor Jordán, quien lo asistió como médico. El diplomático chileno, al comunicar a su gobierno la triste nueva, expresó que el Libertador «acabó sus días con la calma del justo en los brazos de su afligida y virtuosa familia».

En 1880, los restos del Padre de la Patria fueron trasladados desde Francia a Buenos Aires para ser depositados en el mausoleo que al efecto se erigió en la Catedral. Figuras simbólicas que representan a la Argentina, Chile y Perú le rinden guardia permanente.

El Gran Capitán de la libertad americana

Bien se puede decir del héroe que sólo ambicionó una cosa: la libertad de América. Por alcanzarla sacrificó todo cuanto tenía en aras de ese alto principio. Fue en vida glorificado y atacado, pero ni una ni otra cosa influyeron en la línea que se trazara y que siguió en forma inmutable, desconcertando con su templanza a sus enemigos.

Renunció a la gloria y envainó dignamente su corvo, que nunca fue usado para avasallar naciones. La posteridad, a quien San Martín confiaba el juicio de su vida y de sus acciones, lo proclama, como ha expresado el autor peruano Mariano Felipe Paz Soldán: «El más grande de los héroes, el más virtuoso de los hombres públicos, el más desinteresado patriota, el más humilde en su grandeza, y a quien el Perú, Chile y las Provincias Argentinas le deben su vida y su ser político».

Por Enrique Mario Mayochi.

Fuente: https://sanmartiniano.cultura.gob.ar/noticia/jose-de-san-martin-libertador-de-america/