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María Remedios del Valle, la madre de la patria


En 1813, ya hacía tres años que María Remedios del Valle luchaba junto al general Belgrano y otros valientes en el Ejército del Norte. Se había sumado en Buenos Aires, donde había nacido, para participar en la expedición del Alto Perú junto a su marido, un hijo de la sangre y otro adoptivo. Desde entonces sí que esta afrodescendiente (o parda, como le decían), había visto cosas y soportado otras bien bravas. Ella, como muchas otras mujeres, acompañaba a la tropa alimentando a los soldados, curando heridos y también peleando junto a ellos, codo a codo.

Así lo había hecho en Huaqui, cuando con sus compañeros de armas tuvieron que irse del Alto Perú y padecieron la tristeza del Éxodo Jujeño.

En una de estas acciones, Remedios perdió a su marido y a sus dos hijos, sus tres hombres amados.

Lejos de rendirla, el feroz golpe le dio tres nuevos motivos para seguir luchando, y eso hizo en Tucumán y Salta, donde con el ejército libertador conoció el dulce sabor de la victoria. Siempre junto a su general Belgrano, que le había hecho el honor de nombrarla capitana, siempre sacando fuerzas de donde ya no había.

Hasta que se sucedieron las trágicas derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, en 1813. La capitana recibió una bala, fue capturada por los realistas y azotada públicamente durante nueve días. No se sabe cómo pero pudo escapar y volver a dar batalla, esta vez para hacer de correo, jugándose la vida cada vez que cruzaba el peligroso territorio ocupado por el enemigo para llevar noticias de un lado a otro.

Siete veces estuvo María Remedios en «capilla», o sea, a punto de ser fusilada, y seis fueron las graves heridas de bala y sable que recibió su moreno cuerpo. Sin embargo, de vuelta en Buenos Aires, no le resultó fácil que la reconocieran como capitana y que le pagaran su sueldo. Y cuando lo consiguió, fue por poco tiempo. La patriota que había hecho toda la campaña del Alto Perú, que se había jugado entera por su patria, fue abandonada a su suerte y tuvo que empezar a mendigar.

Cuentan que el general Viamonte, que había estado al mando del Ejército del Perú, se la encontró un día harapienta y limosneando, y al reconocerla exclamó: “¡Es la Capitana, es la Madre de la Patria!”. Luego, desde su banca en la Legislatura bonaerense, insistió para que se hiciera justicia con la querida María. Lo mismo hicieron otros militares que habían sido testigos de todo lo que esta mujer había dado por la libertad de este suelo.

Finalmente, en 1828 le concedieron un mísero sueldo de capitán de Infantería. Dos años después, Rosas mejoró su situación dándole el grado de sargento mayor, por lo que María Remedios decidió adoptar un nuevo nombre: Mercedes Rosas, que mantuvo hasta su muerte, en 1847.

Fuente: Felipe Pigna, Mujeres insolentes de la historia.