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“Me interesa hacerlo pensar al lector, ponerlo en un lugar incómodo”


María Teresa Andruetto piensa en la escuela como un espacio determinante para que los chicos se enamoren de los libros

Cuenta María Teresa Andruetto que fue la casualidad -un concurso de la editoral Colihue- la que la llevó a debutar como “escritora édita” con un libro para chicos. Sin embargo, a casi 20 años de su primera publicación, esta cordobesa nieta e hija de inmigrantes piamonteses que ha elegido las sierras de su provincia como su lugar en el mundo, remarca que no le interesan los rótulos. Ni de género (en cualquier sentido), ni de edad. Lo que le interesa es hacerlo pensar al lector. Así lo ha remarcado durante la charla telefónica con LA GACETA desde Cabana, a seis kilómetros de Unquillo. Allí vive la autora de “Lengua Madre” y “Stefano” (entre otros numerosos títulos) y ganadora del premio Hans Christian Andersen 2012, considerado “el pequeño Nobel de la literatura”. Su casa está enclavada en un campito en el que hay ovejas, gallinas, un caballo, una huerta… y muchos libros.

– Aunque haya una tendencia a negar la existencia de una “literatura femenina”, su novela “Lengua madre” parece contravenir esa idea…

– Sí, en la medida en que se considere a esa categoría como toda la escritura hecha por mujeres, en la medida en que se considere que una mujer puede escribir textos de distintas características. Ni géneros, ni estilos. Estoy en contra de catalogar como literatura femenina cierto modo de escritura que excluye a otros modos de escritura también escritos por mujeres. La condición de mujer a mí me atraviesa siempre en lo que escribo. Pero no es la única condición que me atraviesa. Mi identidad es algo que tiene muchas capas, yo podría decir que escribo desde lo que soy, soy mujer, soy argentina, soy hija y nieta de inmigrantes, soy una mujer de clase media, una cantidad de cosas que hacen a mi identidad. La condición de mujer me atraviesa, pero no es la única capa de mi existencia. Es como decía Borges, yo quería ser argentino al escribir sin darme cuenta que fatalmente lo era. Y fatalmente o afortunadamente soy mujer, y eso estará en todo lo que escribo. No hay un solo modo de escribir como mujer, sino tantos modos como mujeres haya, con condiciones muy diferentes. Y puede haber escritoras que pueden tener un modo muy agresivo, por señalar algo que tradicionalmente no se les adjudica a las mujeres. O textos fuertemente políticos, algo por lo cual me siento atravesada; o textos rupturistas, vanguardistas, eróticos, o lo que fuere.

– Pero hay en esa novela cuestiones culturalmente consideradas femeninas, como la del cuidado; cuidar de alguien…

– Ese es un aspecto muy mío. A veces he luchado contra esto, pero en mi vida tiendo a ser muy cuidadora, que es un rasgo que se adjudica a la maternidad, a la docencia, a una cantidad de acciones o situaciones. Es un rasgo de mi personalidad que hay algo así como un deseo de cuidar al otro. Puede que algo de eso aparezca en mi obra, porque es algo que está en mí. Pero no necesariamente una mujer está atravesada por esta condición. En “Lengua Madre” está muy fuerte, y en mi vida personal también, y en algunas cosas que he hecho, como enseñar, transmitir, prohijar a otros escritores, criar hijas (dos), acompañar a mi madre, a una hermana enferma que murió, a una amiga. Y puede que sean cosas que han atravesado a mi persona, y que aparezcan en mi escritura, pero no son condición sine qua non de mujer.

– ¿En qué momento eligió escribir “para chicos”, si vale ese sesgo?

– Yo escribía desde antes. Demoré mucho en empezar a publicar, en parte porque primero no lo habré sentido como necesidad, como posible. Y después, cuando sí sentí que necesitaba hacer público lo que escribía -y ese es un paso importante, porque no es lo mismo escribir que querer ser un escritor- cuando internamente decidí intentar publicar, demoré muchos años en encontrar editorial. Siempre me sorprendió que en tanto tiempo -20 años- el deseo se sostuviera sin lectores. Porque un escritor necesita del lector…

– Para completar la obra…

– Exacto. Y el deseo fue muy fuerte, y se sostuvo hasta que me dieron un premio, en 1992. Entonces casi no había editoriales en Córdoba, para publicar se suponía que había que viajar a Buenos Aires. No existía la virtualidad… Y en 1993 se publicó mi primera novela. Pero antes, en 1988, Colihue había convocado a un concurso de cuentos. Y yo tomé una historia que había sucedido en mi pueblo, y que siempre me había parecido un asunto para un cuento, una historia humorística, y lo escribí y lo mandé al concurso. Quedó como finalista y salió en una antología de Colihue (“Ocho cuentos, ocho”). Veinte años después salió publicado bajo el título de “Campeón”, con ilustración.

– ¿Es importante la ilustración en la producción editorial para chicos?

– Sí. No es la única posibilidad, pero me parece importante por el peso que tiene la imagen en el mundo contemporáneo para los lectores iniciales. Después, cuando son más grandes, cuando tienen un campo imaginario más grande, pueden leer hermosos libros sólo con texto. Pero para los niños muy pequeños me parecen muy importantes la imagen y la calidad de la edición.

– A usted la “empuja” ese premio, pero coincide con una época de gran innovación en la literatura infantojuvenil argentina…

– Así es. Son los años en los que la literatura infantil se empieza a instalar en el mercado editorial, a raíz del trabajo hecho por organizaciones como Cedilij (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil) en los años 80, desde el 84 en adelante, para que vuelva la literatura a la escuela.

– Otro debate, cómo hacer para que la escuela no convierta a la lectura en un “deber más”…

– Ese es el gran desafío… construir en el corazón de la currícula de la escuela… En los años 80 yo formaba parte de una movida desde la cual considerábamos que no debía escolarizarse la literatura. Y pensábamos en espacios por fuera de la escuela. Pero enseguida vi que la escuela es un espacio de transformación para chicos de todas las condiciones. Entonces se vuelve central el lugar de la escuela. Porque, si es por fuera de la escuela, en talleres, en librerías, y demás, son ciertos chicos los que concurren. Eso es lo que sucede en la escuela, y particularmente en la escuela pública. Me parece que la cuestión ha sido: pensar en un espacio, dentro de la escuela, que, entre comillas, no parezca de la escuela. Que sea un espacio curricular, que tenga una periodicidad, una duración, una frecuencia y un docente-coordinador estable. Pero que, al interior de ese espacio, se trabaje sobre todo en la construcción lectora de los participantes, más que en analizar contenidos. Que sea una suerte de lectura y conversación y discusión sobre los libros, para que conozca nuevos libros. Me parece importante que ese espacio de construcción de lectura esté separado de la clase de Lengua, de la enseñanza de la Gramática, de la Ortografía, de los valores. Y que se pueda bucear entre los libros, por la inmensa posibilidad de libertad que la lectura nos da para el desarrollo del pensamiento y del imaginario, y de la construcción de uno mismo como lector. Un niño, un joven que transitan mucho por los libros, que se encuentran semanalmente con libros se encuentran también semanalmente consigo mismos. Y puede hablar de lo que le pasa, de lo que siente, imaginar lo que otros sienten, hacer tambalear sus convicciones para ponerse en el lugar de otros, mirar desde otro lugar el mundo.

– En Tucumán hablará de inmigración, de poesía, siempre va para distintos lugares su escritura…

– Voy a publicar un libro de poemas: “Cleofé”. Es el nombre de mi madre, el extraño nombre de mi madre, y fue el de una de las tres mujeres que envolvieron a Cristo. Mi madre está muy anciana, con un proceso de Alzheimer. El libro tiene que ver con las madres, también. Y estamos trabajando en un libro álbum, que probablemente se llame “El hombre de la ventana”.

– ¿Los códigos para escribir para un público infantil cambiaron?

– No me lo pregunto. Voy a algo más interno. No me interesa la mimetización: escribir como hablan los chicos, escribir lo que les pasa tal como les pasa. En este caso, es un episodio de mi infancia, de una niña, y de alguna manera de cómo mi madre se hizo lectora. Me parece que es el editor el que puede ver… En este caso pensé en un libro álbum, porque no todo está contado por el texto. Pero no sé quién lo leería. Habrá que ver cuando esté terminado…

– Hay un lector al que usted no le quiere poner edad.

– Exacto. Exacto. ¿Sabés qué? Yo pienso mucho en hacerlo pensar al lector. No importa si es niño o grande. En hacerlo pensar y en ponerlo en un lugar incómodo. Y para eso me pongo yo en un lugar incómodo, a pensar y sentir distinto de lo que pienso y siento en la vida real. Generalmente una va a una zona de no tan primeros lectores, lectores que ya pueden leer una historia. Aunque tengo algunos libros, como “Benjamín”, o a lo mejor este que estoy haciendo, porque tiene poco texto, a lo mejor también va para un lector pequeño. Aunque los asuntos que están en ese texto también le pueden interesar al lector adulto.

– ¿Cómo ha recibido premios como el Andersen?

– Me siento muy agradecida de los premios recibidos, muy honrada. Primero fue un sacudón muy grande, un poco agobiante; pero luego fue todo ganancia. Me ha traído muchos más lectores, traducciones a otras lenguas…

– ¿La tratan bien las traducciones?

– He tenido suerte en algunas lenguas. A las traducciones al italiano, al gallego, al portugués, las puedo percibir. En otros casos, como el coreano, o el chino, sólo reconozco mi nombre. Pero la traducción es traición, tienen las dos la misma raíz. A algo hace falta renunciar para poder vivir en otra lengua.

Fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/738431/actualidad/me-interesa-hacerlo-pensar-al-lector-ponerlo-lugar-incomodo.html?utm_source=facebook#&gid=1&pid=1